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Columna

La democratización de los lujos invisibles

“El aumento del costo de la vida también refleja que vivimos mejor, consumimos más y exigimos niveles de comodidad, salud, información y seguridad que generaciones anteriores jamás imaginaron alcanzables...”.

Jhorland Ayala García

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Pocas afirmaciones generan tanto consenso como la idea de que “la vida está cada vez más costosa’’. Sin embargo, conviene preguntarnos a qué tipo de vida le estamos midiendo dicho costo. Es cierto que la inflación, el precio de la vivienda o la existencia de bajos salarios pueden explicar una parte de esa sensación, pero hay otra realidad que pocas veces reconocemos.

Nuestros abuelos construyeron sus hogares con estándares muy distintos a los actuales. Hoy consideramos indispensables la electricidad permanente, el internet, los teléfonos inteligentes, el transporte motorizado, los electrodomésticos, la educación prolongada y una atención médica que hace apenas unas décadas era inimaginable. En buena medida, el costo de la vida también ha aumentado porque, como sociedad, decidimos elevar la comodidad y el bienestar que estamos dispuestos a aceptar como normal. A ello se añade que en el presente esperamos poder viajar de vacaciones, acceder de inmediato a millones de canciones, películas y series desde casa, beneficios que generaciones anteriores difícilmente habrían considerado necesidades cotidianas.

Basta con mirar la historia para dimensionar el cambio. Un colombiano promedio de hoy puede acceder, con todas las limitaciones que aún existen, a bienes y servicios que ni algunos de los reyes más poderosos de la historia pudieron disfrutar. Encender una luz con un interruptor, conservar alimentos durante semanas, comunicarse al instante con cualquier lugar del planeta, viajar cientos de kilómetros en pocas horas o recibir tratamientos médicos que salvan vidas eran privilegios inexistentes, no exclusivos. Ningún emperador podía comprar un antibiótico, una resonancia magnética o una vacuna. El progreso tecnológico democratizó comodidades y capacidades que durante siglos simplemente no existían para nadie.

Quizás el problema es que dicho progreso se volvió invisible. Nos acostumbramos tan rápido a las mejoras materiales, que dejamos de valorarlas y empezamos a considerarlas necesidades básicas, y en muchos casos, derechos. Lo que ayer era un lujo hoy parece un derecho adquirido que debe ser cubierto por el Estado.

La tecnología abarata bienes, amplía oportunidades y transforma nuestras expectativas, pero también eleva el estándar desde el cual juzgamos nuestra calidad de vida. Así, cuando el ingreso aumenta, también lo hacen nuestras aspiraciones y el conjunto de bienes que sentimos indispensables para vivir con dignidad.

Reconocer esta realidad no significa ignorar las dificultades económicas de millones de familias ni minimizar los efectos de la inflación. Significa hacer justicia a una transformación social extraordinaria que pocas veces reconocemos. El aumento del costo de la vida no obedece únicamente a que todo sea más caro. También refleja que vivimos mejor, consumimos más y exigimos niveles de comodidad, salud, información y seguridad que generaciones anteriores jamás imaginaron alcanzables.

Tal vez el verdadero desafío no sea añorar un pasado supuestamente más barato, sino comprender que el precio de una vida moderna también es, en gran medida, el precio del progreso que nosotros mismos hemos elegido.

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