Cómo la ciudad le está ganando terreno al mar sin necesidad de pelearse con él. Usted ya sabe cómo es: baja por la San Martín o cruza Bocagrande y de repente el mar decidió que esa cuadra también es suya. El mototaxista esquiva el charco como puede, el cachaco de la tienda de la esquina saca el trapero por enésima vez esa semana, y usted termina con los zapatos mojados preguntándose por qué, en pleno 2026, seguimos sorprendiéndonos de que Cartagena viva con el agua al cuello. El mar de Cartagena pega como boxeador constante -jabs de izquierda todos los días, oleaje que va y viene sin descanso, y de vez en cuando, sin avisar, un recto a la quijada, como el frente frío de comienzos de 2026 que dejó playas destruidas, andenes reventados y obligó a declarar calamidad pública-. Contra ese rival no se gana a puño cerrado ni dándole la espalda: la única pelea que se gana es la que se da, leyendo cada jab y aprovechando esa misma energía para fortalecer el litoral. Y como todo buen boxeador que se respeta, primero hay que conocer al contrincante: años de mediciones de oleaje y modelos hidrodinámicos le dicen hoy a los ingenieros dónde pega más duro el mar, para que cada escollera se ubique donde realmente hace falta.
De esa lectura nació Defensa Costera 2050, un plan que hoy trabaja en 6,2 kilómetros de costa: escolleras que no le dicen al oleaje ‘no pases’, sino ‘pasa, pero suelta la energía aquí’; espolones en T en Castillogrande que aprovechan la corriente para atrapar arena en vez de dejarla fugarse hacia La Boquilla; estaciones de bombeo en Bocagrande que sacan el agua de lluvia antes de que se junte con la del mar; y un Canal Juan Ángola que volvió a respirar junto a su manglar, con 5,2 kilómetros recuperados y 45.000 vecinos beneficiados -cada raíz que vuelve a agarrarse de la orilla es un metro menos de fuerza que le llega al concreto-. Cada pieza trabaja con la física del mar, no contra ella, y ya se nota: la playa de Castillogrande que hace un año no existía, hoy tiene otra vez muchachos jugando fútbol.
La plata, además, no se suelta así no más. Cada giro depende de que la etapa anterior muestre un 80% de avance real, un esquema cofinanciado entre la Nación y el Distrito, para que cada peso llegue exactamente a donde debe. Los números acompañan: 86% en Bocagrande - Iribarren, espolones de Castillogrande listos, rompeolas al 74%.
Pero ese es apenas el primer round. Falta el Centro Histórico, falta Marbella, falta el tramo hasta el Túnel de Crespo. La tarea ahora es sostener el ritmo: que el ordenador del gasto y el ejecutor sigan uniendo pieza a pieza esta obra, demostrando con paciencia que la resiliencia urbana es posible y que la adaptación al cambio climático es construible, jab a jab, hasta que el baile se vuelva costumbre y Cartagena entera pueda decir que le ganó terreno al mar sin darle la espalda.
