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Columna

La tormenta perfecta

Estamos enfrentando una posible pérdida de competitividad por partida doble.

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Hay una tormenta que comienza a formarse sobre la competitividad de uno de los sectores más importantes para Colombia y, particularmente, para Cartagena: el turismo.

No se trata de un solo fenómeno, sino de la convergencia de varias circunstancias externas e internas que, si no se atienden oportunamente, pueden terminar debilitando un sector que genera empleo, divisas y oportunidades para miles de colombianos.

Comencemos por una combinación especialmente preocupante: la revaluación del peso frente al dólar y el incremento de los costos laborales.

El turismo colombiano tiene una característica particular: buena parte de sus ingresos está vinculada al dólar, mientras una proporción importante de sus costos —especialmente los laborales— se paga en pesos. La apreciación del peso reduce, en términos de moneda nacional, los ingresos que genera el visitante extranjero, mientras los costos continúan aumentando.

A esto se suma el incremento de los costos salariales, que este año puede representar aumentos significativos para las empresas del sector. El resultado es una presión simultánea sobre los ingresos y sobre los costos, que necesariamente termina afectando los márgenes de operación y la competitividad.

Y todavía falta conocer el impacto sobre la demanda. Para el turista extranjero, Colombia puede resultar relativamente más costosa frente a otros destinos. Y para el turista colombiano ocurre algo paradójico: la fortaleza del peso hace más accesibles algunos destinos internacionales, aumentando la competencia por el turismo nacional.

Es decir, estamos enfrentando una posible pérdida de competitividad por partida doble.

A este escenario se suma otra circunstancia que merece una reflexión: la manera como estamos comunicando internacionalmente los efectos de los recientes fenómenos naturales que han afectado al país.

La información sobre el terremoto, comprensiblemente, ha tenido una amplia cobertura mediática. Sin embargo, desde el punto de vista turístico, debemos procurar que esa información distinga claramente entre las zonas afectadas y aquellas que continúan operando con normalidad.

Para muchos visitantes extranjeros, Colombia no es un destino aislado, sino un circuito. Medellín, el Eje Cafetero, Cartagena, el Parque Tayrona y otros lugares hacen parte de un mismo itinerario.

Cuando la noticia internacional habla genéricamente de “Colombia”, el potencial visitante puede interpretar que todo el país está afectado.

¿Por qué no aprovechar entonces esta coyuntura para enviar un mensaje claro al mundo? Colombia tiene zonas afectadas que necesitan solidaridad y apoyo, pero también tiene destinos turísticos abiertos, seguros y preparados para recibir visitantes.

El turismo también puede ser una forma de contribuir a la recuperación económica de las regiones que dependen de él.

Hay otro factor que no podemos ignorar: el fenómeno de El Niño y sus efectos sobre el sistema energético.

La Costa Caribe es especialmente vulnerable frente a los problemas de suministro y al aumento de los costos de la energía. Cualquier racionamiento, interrupción del servicio o incremento significativo de las tarifas tiene un impacto directo sobre hoteles, restaurantes y demás empresas turísticas, que son grandes consumidores de energía.

En este contexto, la Resolución CREG 101 120 de 2026, expedida por la Comisión de Regulación de Energía y Gas, establece metas individuales de consumo con base en el promedio histórico y contempla recargos sobre los consumos que superen determinados límites. Para comercio e industria, el recargo puede llegar al 70 % sobre la energía que exceda la meta establecida.

Para un hotel, un restaurante o cualquier empresa turística, estos sobrecostos pueden ser significativos y terminar trasladándose a los precios, justamente en un momento en que necesitamos preservar nuestra competitividad.

Pero dejemos por un momento los factores externos y miremos hacia adentro.

Cartagena tiene problemas propios que no podemos seguir ignorando. Uno de ellos es el deterioro de ciertas normas básicas de convivencia ciudadana.

Que un conductor respete un semáforo en rojo, que ceda el paso en una cebra, que no circule en contravía, que las motocicletas no invadan los andenes o que se respeten los espacios destinados al peatón no son exigencias extraordinarias. Son reglas elementales de convivencia.

A esto se suman comportamientos que afectan directamente la experiencia del visitante: el acoso, la invasión de la privacidad, el exceso de ruido y la música a altos volúmenes sin consideración por la hora, el lugar o el derecho de los demás al descanso.

Cartagena es una ciudad alegre, abierta y hospitalaria. Esa es parte esencial de su encanto. Pero debemos preguntarnos si estamos confundiendo alegría con anarquía.

El turismo no busca solamente playas, patrimonio, gastronomía y cultura. También busca seguridad, tranquilidad, orden, respeto y una experiencia agradable.

Finalmente, hay un asunto que puede convertirse en uno de los mayores riesgos para Cartagena: el agua potable.

Recuerdo que cuando llegué a la ciudad, en la década de los setenta, el agua era un bien escaso. El servicio estaba disponible solamente durante algunas horas y era frecuente ver camiones cisterna abasteciendo a los hoteles de Bocagrande.

No podemos permitirnos regresar a esa Cartagena.

El crecimiento turístico y urbano exige una infraestructura de servicios públicos acorde con las necesidades de una ciudad que aspira a consolidarse como destino turístico internacional. El agua no puede ser el cuello de botella del desarrollo.

Por eso, más que buscar culpables cuando aparezcan las dificultades, debemos mejorar la gestión, la planeación y, especialmente, la gobernanza de la empresa responsable de la prestación del servicio.

La tormenta perfecta no está todavía sobre nosotros. Pero varios de sus componentes ya están presentes.

Revaluación, mayores costos laborales, energía más cara, competencia internacional, problemas de comunicación, deterioro de la convivencia ciudadana y riesgos en el suministro de agua conforman un conjunto de amenazas que, por separado, pueden ser manejables, pero que juntas pueden tener un efecto considerable sobre la competitividad turística de Cartagena y del país.

La buena noticia es que muchas de estas amenazas pueden enfrentarse si las reconocemos a tiempo.

Cartagena no necesita solamente más turistas. Necesita ser cada día un destino más competitivo, ordenado, seguro, sostenible y hospitalario.

La tormenta se puede evitar. Pero para hacerlo, primero tenemos que reconocer que se está formando.

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