Las crisis pueden surgir de manera inesperada e irrumpir en la vida de las personas, alterando situaciones que hasta entonces parecían estables. Sus causas son tan diversas como los contextos en los que se producen; sin embargo, toda crisis pone en evidencia las vulnerabilidades existentes, la capacidad de preparación de las instituciones y la respuesta de quienes tienen la responsabilidad de orientar, decidir y actuar.
Una emergencia de grandes proporciones no solo ocasiona pérdidas humanas y daños materiales. También afecta la seguridad, altera las dinámicas familiares y comunitarias, genera miedo e incertidumbre y puede quebrantar las relaciones de confianza. Por ello, su manejo no debe limitarse a atender las consecuencias visibles e inmediatas, sino que requiere comprender las profundas heridas emocionales y sociales que persisten, así como acompañar a quienes las padecen.
La terrible situación que atraviesa nuestro país como consecuencia del terremoto del pasado 10 de agosto nos embarga de tristeza y nos exige la toma de decisiones urgentes, así como la coordinación institucional y la movilización extraordinaria de recursos, todo con miras a restablecer las capacidades de los territorios afectados y mitigar las consecuencias del desastre. Cada contribución a la recuperación material y al restablecimiento de la confianza y la esperanza es una poderosa expresión de liderazgo colectivo.
En circunstancias como estas, el liderazgo adquiere una importancia indiscutible. Liderar en medio de una crisis significa actuar con rapidez, sensibilidad y responsabilidad; tomar decisiones sustentadas en información confiable; articular las capacidades del Estado; escuchar a los territorios; comunicar con transparencia, y movilizar la acción colectiva alrededor de un propósito común. También implica sostener la confianza de la población y hacer frente a quienes intentan instrumentalizar la crisis, aprovecharse de la adversidad y profundizar las divisiones.
En medio de la adversidad, Colombia ha demostrado que la solidaridad constituye una de sus mayores fortalezas. La movilización de la ciudadanía, el compromiso de las empresas, la gestión de las organizaciones sin ánimo de lucro y la asistencia internacional han permitido brindar ayuda, acompañamiento y esperanza a las comunidades afectadas. En este esfuerzo colectivo se destaca el notable liderazgo del nuevo Gobierno, que ha asumido el manejo de la emergencia mediante la adopción de medidas urgentes y la articulación de los distintos actores, reconociendo que ninguna autoridad puede afrontar por sí sola una situación de esta magnitud.
Este esfuerzo conjunto confirma que el liderazgo en tiempos de crisis no se ejerce de manera aislada; por el contrario, se construye a través de la cooperación, la confianza y la capacidad de unir a toda una sociedad alrededor del propósito común de proteger la vida, superar la adversidad y reconstruir el país.

