Una falsa cercanía empieza a reemplazar al respeto. Recuerdo bien que un mesero decía “a la orden, caballero”, ahora puede decir “dígame, hermano”. Una auxiliar administrativa que debía preguntar “¿en qué puedo atenderla?” dice “¿en qué te colaboro, mi reina?”. Un político se dirige hoy a desconocidos como “cariño”, “hermano” o “parcero”. Puede verse como una simple transformación del lenguaje cotidiano, pero observo que es algo más.
He empezado a llamar a este fenómeno ‘Lenguaje eco’. Lo defino como una forma de intervención lingüística que introduce una familiaridad que no existe y que, al hacerlo, induce al interlocutor a responder en el mismo registro para evitar una disonancia emocional en la conversación. Si un desconocido me dice “hermano”, podría contestarle “señor”, pero sería probable que mi respuesta pareciera distante, incluso hostil. Para evitar ese pequeño conflicto inicial termino aceptando el código que el otro impuso. El lenguaje hace eco.
El asunto no es completamente nuevo. Erving Goffman mostró que buena parte de nuestra vida social está signada por roles, reglas y formas de presentación ante los demás. Entonces lo que necesita un nombre es esta particular manera de alterar esas reglas mediante una familiaridad que el otro no ha solicitado. A esa forma de comunicación la llamo ‘Lenguaje eco’.
Cervantes ya lo sabía. En Don Quijote, “vuestra merced”, “señor”, “caballero”, “amigo” o “vos” no son palabras indiferentes, cada tratamiento sitúa al que habla frente al que escucha. La lingüística estudió después esas reglas de interacción. Lo que propongo da nombre a una forma contemporánea de alterarlas, imponiendo familiaridad antes que aparezca la confianza.
No me ocupo de defender un lenguaje rígido ni de recuperar vetustas jerarquías sociales. Trato de reconocer que cada relación tiene un contexto y que el lenguaje debería corresponder a él. Un médico, un funcionario, un mesero, un vendedor y un ciudadano pueden relacionarse de forma cordial sin necesidad de fingir una intimidad que no existe. Hay expresiones que exponen otro problema. “¿En qué te colaboro?” es frecuente escuchar en nuestros servicios de atención; pero quien atiende no está necesariamente “colaborando”, sino “cumpliendo” su función. “Atender”, “orientar” o “resolver” describen mejor esa relación. “Colaborar” convierte una obligación profesional en una especie de favor, mientras “mi reina” añade una familiaridad innecesaria.
El ‘Lenguaje eco’ funciona particularmente bien en la política. Llamar “hermano” o “cariño” al ciudadano disminuye simbólicamente la distancia entre quien busca el poder y quien habrá de otorgárselo. Esa cercanía verbal produce una sensación de pertenencia antes de que exista confianza. Entonces parece probable que estemos confundiendo respeto con distancia cero; aunque cierta distancia también pueda ser una forma de respeto. Decir “señor”, “señora”, “usted” o simplemente hablar con neutralidad reconoce que el otro es un desconocido y que la confianza, si es genuina, necesitará de un tiempo para construirse. No toda distancia es desprecio ni toda cercanía es respeto. Es puro eco.

