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Columna

La soledad de Adán

“Adán en medio del Edén se sentía solo, terriblemente solo. Dios lo entendió y le dio algo para que durmiera...”.

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Según el libro del Génesis, el sexto día de la creación, Dios hizo a Adán. Para ese entonces ya había cielo, ya habían sido creados los luceros y la estrellas, ya estaban hechas las montañas azules, los ríos y los mares, ya existían los animales de todas las especies. Dios había preparado un paraíso y había puesto en el centro de ese lugar maravilloso a la más perfecta de sus criaturas. Todo habría estado perfecto y el Creador se hubiera podido ir a descansar tranquilo sino no hubiera percibido en Adán una cierta incomodidad, una preocupación profunda, una mirada perdida buscando un no sé qué que no había encontrado todavía en ese paraíso lleno de tantas cosas bellas y maravillosas.

Adán en medio del Edén se sentía solo, terriblemente solo. Dios lo entendió y le dio algo para que durmiera. Al despertar, ese mismo día sexto de la creación, Adán contempló una figura hermosa paseándose desnuda por aquel inmenso jardín. Sus ojos recuperaron el brillo y alegría, sus labios se abrieron para proferir un hondo suspiro, su mente quedó intrigada (aun sigue intrigada) al constatar que el otro nuevo ser era tan parecido a él, pero tan distinto; tan cercano, pero tan inasible; tan transparente, pero tan misterioso; tan frágil y poderoso, tan libre y tan necesario … que entendió inmediatamente que a partir de aquella bella y distinta presencia su existencia nunca más sería la misma. Ese fue el primer gran descubrimiento de Adán: la presencia del otro que siendo semejante era a la vez distinto; la existencia de un tú que rebasaba las fronteras de la propia piel y se convertía en autentico interlocutor. Alguien libre como él, capaz de decir si o no, con voluntad propia para quedarse o marcharse, amar y ser amado, enseñar y aprender, recordar y soñar, vivir, existir y morir. A la naturaleza Adán la podía cuidar y cultivar, pero no podía hablar con ella; a los animales los podía cazar, domesticar y proteger, pero no podía tejer ilusiones ni construir sueños con ellos; el cielo lo podía invitar a viajar más allá de las nubes y las estrellas, pero no podía volar con él; el agua le podía dar permiso para que entrara en ella, pero no lo podía abrazar, no lo podía consolar, la brisa le podía quitar el calor, pero no se podía reír con él. Ese otro ser que milagrosamente apareció aquel día, con su mera presencia le dijo a Adán que desde siempre y para siempre sus caminos estarían cruzados, que el yo y el tú semejantes y distintos viajarían juntos en la historia haciendo depender ineludiblemente un destino del otro. Eso dura hasta hoy.

Después de mucho tiempo, aunque las formas de presentar e interpretar el relato de la creación han cambiado, el mensaje sigue siendo el mismo: nada puede substituir la presencia de otro ser humano. Ni siquiera lo que hoy conocemos como inteligencia artificial. Las ciencias y las tecnologías podrán crear “seres” que hagan muchas cosas, pero todavía no pueden llenar el hueco gigante que deja la ausencia física de un ser humano. Que un robot hable, camine, piense, cocine, maneje un carro, haga una poesía, componga una canción, saque cuentas y nos recuerde la hora de tomarnos las pastillas no lo hace persona ni lo hace capaz de substituir la presencia humana. Los humanoides que han aparecido no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran ni profundizan las relaciones, no conocen desde dentro lo que significa el amor, el trabajo, la amistad, la responsabilidad… En fin, no le pueden conferir sentido a lo que hacen ni pueden evitar la angustia terrible de la soledad.

Hoy mucha gente, como Adán en el paraíso sin Eva, vive rodeada de paraísos virtuales, fiscales, sexuales, digitales, comerciales… y, no obstante, se siente sola. La soledad se está convirtiendo en uno de los grandes desafíos de hoy y de los años venideros y no sé si estemos preparados para eso. Lo que sí sé por experiencia personal, por misión y por trabajo es que estar solo, sentirse solo es supremamente terrible y peligroso. Para Adán en el paraíso eso fue insoportable y para Gabo en Cien Años de Soledad una maldición que sin remedio condenaba a las estirpes desaparecer trágicamente sin tener una segunda oportunidad sobre la tierra. No hace falta ser profeta para decir que, si dejamos que desaparezca el otro, si permitimos que el semejante distinto sea substituido en todo e continuamos intentando llenar artificialmente el vacío que quedó cuando nos sacaron las costillas aquel día sexto de la creación, entonces irrevocablemente estaremos firmando de manera anticipada nuestra acta de defunción.

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