Estaba terminando de pagar el impuesto de retención cuando escuché un sonido espantoso que salía de la tierra. Miré a mi alrededor y vi que todo se estaba moviendo. Mi hermana Katyna, que estaba a mi lado, me agarró y me gritó: «¡Está temblando!». Mi otra hermana Vane estaba en medio de una llamada en Zoom y le vi en la cara que no entendía lo que pasaba. Creo que ella no escuchaba el sonido de la tierra. Era el 9 de octubre de 2026, 12:56 p. m., en el complejo Buenaventura, en Río Hato, Coclé, Panamá. Estábamos toda mi familia celebrando los 70 de mi papá.
Después de evacuar del lobby, donde estábamos, a la zona de las piscinas, abrazada a Katy, comencé a pensar en dónde estaban los demás: mis hijos, mis padres, mi esposo, mi hermana Beatriz, mis sobrinos, mis cuñados. Los primeros momentos son angustiosos: escuchar el rugido del suelo, el vibrar de la madera, los gritos de la gente, ver los vidrios sacudirse, la cara de la gente, las botellas del bar de la piscina caer, es espantoso. Duramos más de quince minutos entre el movimiento, entender lo que estaba pasando y reunirnos todos en la zona de encuentro de evacuación del hotel.
Todos lo vivimos de una forma diferente: mi madre estaba en medio de un masaje en una oscura cabina del spa, que dejó de ser relajante cuando la camilla se sacudía y ella sentía que estaba en una nave espacial, mi hermana menor desde la playa con su hijo de 8 meses y tres sobrinos, quienes se abrazaban en medio de las piscinas mientras el agua se desbordaba con fuertes olas de lado a lado; otros, desde sus habitaciones, que bajaron rápidamente sin zapatos y la poca ropa que tenían encima.
Nunca había experimentado estar tan cerca del epicentro de un terremoto; no había escuchado la tierra rugir, no había estado tan cerca como para sentir cada réplica, tener mareo de tierra todo el día, sentir náusea y sentirme en modo alerta. Por eso el Número de la semana es 7,7. Un terremoto de 7,7 en la escala de Richter, se registró en Panamá, el terremoto más fuerte en América Latina desde el de Perú en 2019.
Cada persona vive los terremotos de diferente manera: mientras nosotros nos abrazábamos y nos soportábamos juntos, los trabajadores del hotel trataban, con difícil comunicación, de llamar a los suyos. Querían saber cómo estaban, qué les había pasado a los suyos y a sus casas, y al mismo tiempo atendernos y darnos instrucciones de qué hacer.
Las réplicas son un recuerdo inmediato de ese intenso 7,7, es como ver una película en fast forward cada vez que se te mueve el piso, la cama y las ventanas. En cada movimiento es pensar cuál es el siguiente paso rápido que debes tomar, nuevamente mantener la calma y evacuar, cosa que no supe hacer: sin pensar gritaba, corría acelerada, corta de respiración y asustando a los demás. Menos mal estaba con personas serenas que sí hicieron lo que se tenía que hacer y ahí fui aprendiendo de ellos.
Las réplicas te quitan la tranquilidad y me pusieron toda la noche en modo alerta; dormí muy pocos minutos; muchos prefirieron dormir en el punto de encuentro al aire libre, solo pocos subimos a dormir a las habitaciones. Cada sonido fuerte como cuando pasaba un carrito de aseo o una hielera por los pasillos del hotel, brincaba y pensaba: ¡otra vez se está moviendo todo!
Un terremoto y sus réplicas te recuerdan lo vulnerables que somos; por eso aprovecha y besa a los tuyos, diles que los amas, perdona al que debes perdonar, llama al que debes llamar. El 7,7 que yo viví con mi familia fue un susto. Para otros con un primer movimiento, se les acaba la vida; en el terremoto del 10 de agosto de 2026, con epicentro en el Chocó, murieron más de 330 personas, según la UNGRD. La vida es un ratico, pero es maravillosa. ¿Por eso, a quién crees que debes llamar hoy?
Dedicatoria - A todos los que debajo de los escombros respiraron, rezaron y esperaron la llegada de su rescate en Colombia. A todos los rescatistas, a los bomberos, a todos los que entregan su vida por otros.

