Columna

Desafío de la educación virtual

“La calidad de la educación virtual no está tanto en cuánta tecnología tenemos, como sí en lo que hacemos pedagógicamente con ella”.

WILLIAM ARELLANO CARTAGENA

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Hablar de calidad en la educación superior virtual exige superar una idea que durante mucho tiempo ha dominado el debate: creer que la calidad depende, únicamente, de contar con una buena plataforma tecnológica, abundantes recursos digitales o contenidos disponibles en línea. La verdadera discusión debería girar en torno a qué tanto están aprendiendo los estudiantes y qué experiencia educativa estamos construyendo para lograrlo.

La virtualidad plantea desafíos particulares. No necesariamente requiere criterios de calidad diferentes a los de la presencialidad, sino nuevas estrategias y evidencias para demostrar que esa calidad efectivamente ocurre.

En un aula presencial podemos observar directamente la interacción entre docentes y estudiantes. En un entorno virtual debemos preguntarnos cómo se produce esa interacción, con qué propósito pedagógico, cómo se acompaña al estudiante, qué tan accesibles son los recursos y, sobre todo, qué resultados de aprendizaje se están alcanzando.

Por ello, la calidad de la educación virtual no puede medirse por la cantidad de contenidos digitalizados. Digitalizar una clase no es sinónimo de diseñar una experiencia de aprendizaje. Una educación virtual de calidad debe permitir que el estudiante interactúe, explore, aplique conocimientos, reciba retroalimentación, resuelva problemas y demuestre lo aprendido.

En este escenario, el papel del docente adquiere una importancia renovada. La virtualidad no elimina al profesor ni reduce su función a administrar una plataforma. En contraste, exige mayor capacidad para diseñar experiencias, orientar procesos, generar interacción y hacer visible su presencia pedagógica. Un estudiante puede disponer de excelentes recursos tecnológicos, pero si se siente solo frente a una pantalla, difícilmente podremos hablar de una experiencia educativa integral.

Esto también implica transformar la formación docente. No basta con enseñar a los profesores a utilizar herramientas digitales. También se requiere desarrollar competencias para el diseño pedagógico virtual, la comunicación, la evaluación, la analítica del aprendizaje y el uso ético de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial.

Sin duda, el desafío está en convertir las plataformas, los recursos digitales y la inteligencia artificial en medios para producir mejores experiencias y resultados de aprendizaje. La calidad de la educación virtual no está tanto en cuánta tecnología tenemos, como sí en lo que hacemos pedagógicamente con ella.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor de la Escuela de Negocios, Leyes y Sociedad, UTB.

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