Columna

Reconstruir no puede significar volver a lo mismo

Cuando una familia pierde su vivienda o sus medios de subsistencia, también se alteran las condiciones que hacen posible el desarrollo infantil.

Victoria Arciniegas

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Han pasado más de dos meses desde el terremoto que sacudió a Colombia y poco a poco las cifras se vuelven paisaje. El impacto de las primeras semanas se va quedando en las comunidades más afectadas y, para el resto del país, la normalidad parece retomar su curso. Sin embargo, no podemos olvidar la magnitud de lo ocurrido ni dejar de pensar a largo plazo: 466.345 personas fueron afectadas en 497 municipios de 16 departamentos y evaluaciones del PNUD–UNGRD estiman daños estructurales de $42,1 billones, equivalentes al 2,3% del PIB.

El terremoto ocurrido en el Eje Cafetero en 1999 es un referente tanto de destrucción como de reconstrucción que nos lleva a preguntarnos, 27 años después, ¿Qué aprendimos? ¿Bajo qué premisas estamos apostándole a la reconstrucción?

Pensemos en Chocó, donde las consecuencias del terremoto se suman a desafíos que ya existían: conflicto armado, presencia de grupos ilegales, desplazamiento y fenómenos climáticos. Las crisis no ocurren de manera aislada, se superponen y profundizan desigualdades que afectan especialmente a quienes cuentan con menos mecanismos de protección. Entre ellos están las niñas y los niños en sus primeros años de vida.

Cuando una familia pierde su vivienda o sus medios de subsistencia, también se alteran las condiciones que hacen posible el desarrollo infantil. Se interrumpen las rutinas de cuidado, desaparecen espacios seguros para aprender y jugar, y aumentan las tensiones emocionales de las familias.

Por eso, reconstruir la infraestructura no basta, debemos incluir estrategias que restablezcan los vínculos, las redes de cuidado y los entornos protectores que sostienen el desarrollo de niñas y niños.

En este punto, la primera infancia sigue invisibilizada. No es suficiente con contar cuántas escuelas fueron afectadas si desconocemos la situación de los hogares comunitarios, las modalidades de atención del ICBF y otros entornos donde transcurre la primera infancia. Lo que no aparece en el diagnóstico difícilmente tendrá un lugar en las prioridades y en la asignación de recursos.

Sigue existiendo una enorme brecha entre nuestra capacidad para responder a la emergencia y nuestra capacidad para sostener una recuperación que atienda las necesidades de quienes enfrentan mayores vulnerabilidades. Necesitamos una agenda específica para las niñas y los niños de 0 a 5 años, que reconozca las distintas vulnerabilidades de los territorios, articule la educación, la salud, la protección y el cuidado, y establezca compromisos concretos de inversión y seguimiento.

Este es un llamado al Estado, al sector privado y a las organizaciones sociales que hoy estamos movilizando esfuerzos, para que pasemos de la coordinación para atender la emergencia a los compromisos compartidos para sostener la reconstrucción. Aprovechemos los mecanismos existentes, cerremos las brechas de información y garanticemos que las necesidades de la primera infancia tengan un lugar explícito en las decisiones que se tomen en los próximos meses.

El terremoto nos recuerda que los desastres no crean todas las vulnerabilidades que dejan al descubierto. Muchas ya estaban allí, esperando una crisis que las hiciera imposibles de ignorar. Una reconstrucción verdaderamente transformadora no debería devolvernos al punto de partida, sino cuestionar por qué ese punto de partida nos hacía tan vulnerables.

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