En el evangelio de hoy, los fariseos le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento más importante de la Ley, Él responde: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Y añade: “El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
El Éxodo nos recuerda que Dios escucha las oraciones de quienes sufren injusticias. Nos llama a ser justos y fraternos, a tratar con respeto y consideración a los inmigrantes, las viudas y los huérfanos; a no abusar con la usura de quiénes necesitan préstamos y, en general, a servir a las personas que viven en condiciones precarias, sin aprovecharnos de su situación.
La mayor caridad es llevar almas a Dios. San Pablo destaca a los tesalonicenses por haber acogido la Palabra con la alegría del Espíritu Santo, a pesar de las tribulaciones. Su testimonio de fe se difundió más allá de su comunidad: habían abandonado los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero. También nosotros estamos llamados a compartir nuestra fe con nuestra palabra y nuestras obras.

Un Presupuesto que empeora el déficit
Mauricio Cabrera GalvisComentaba Orlando Bustillo en su columna del jueves que podemos caer en la indiferencia ante tantas necesidades a nuestro alrededor: hace falta que cada uno nos pellizquemos y actuemos aportando lo que esté a nuestro alcance para transformar esas realidades.
Los santos han dado testimonio de cómo, al llenarse del amor de Dios, se volvieron más sensibles, activos y efectivos ante las necesidades de quienes les rodeaban. Las Escrituras nos advierten que, si decimos amar a Dios, pero no amamos a nuestro hermano, estamos mintiendo: no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano, a quien vemos. Jesús también nos recuerda que por nuestros frutos seremos reconocidos. El amor de Dios se hace visible en nuestra manera de tratar y servir a los demás.
San Juan Pablo II nos recuerda que el Amor vence siempre. Decía el papa Benedicto XVI: “El Amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo”.
La gracia de Dios nos fortalece para vivir ese amor y convertirlo en obras concretas. Como recuerda el salmo, el Señor es nuestra roca y nuestra fortaleza: en Él podemos apoyarnos para vencer la indiferencia y perseverar en el bien.
Revisemos a conciencia qué puede aportar cada uno para hacer un poco mejor la vida de las personas a nuestro alrededor. Comprometámonos con nuestra ciudad, nuestro país y el mundo. Contribuyamos a construir una sociedad más justa y fraterna, llevando a los demás el amor de Dios con nuestra presencia, nuestras decisiones y nuestras obras.
*Ex 22, 20-26; Sal 17; 1 Tes 1, 5c-10; Mt 22, 34-40.
**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.