Las cortas y esporádicas lloviznas que han tenido lugar las últimas semanas anuncian la pronta llegada de la temporada invernal a Cartagena. De nuevo, como en el pasado, la ciudad no está preparada para recibirla sin resultar afectada.
Ante la caída de aguas lluvias, sean estas moderadas o torrenciales, Cartagena pasa de ser el “Corralito de Piedra” a convertirse en una laguna sin nombre ni apellido. Este es, sin duda, un problema que debe afanar a la Administración Distrital. Pero, en su lugar, la falta de planeación y la visión cortoplacista de las alcaldías pasadas y de la actual han impedido resolver de manera estructural este problema a los grupos de población más vulnerables.
La experiencia internacional algo nos debe enseñar. En algunas ciudades de los Países Bajos, por ejemplo, ha sido construida una serie de plazas y parques cuya estructura retiene el agua lluvia para evitar que la red de drenaje se sobrecargue. Una vez se alivian las lluvias y el sistema retoma su capacidad, el agua retenida se libera y convierte lentamente a la plaza o parque en espacio público de nuevo.
Este mecanismo de alivio a caños, canales y canalillos supera con creces la forma de hacerlo en Cartagena: limpiando de vez en cuando un minúsculo porcentaje de la red de aguas pluviales. A este respecto, la actualización del Plan de Ordenamiento Territorial (POT) —una tarea que se ha postergado más de lo debido— puede ofrecer una valiosa solución. Construir una Cartagena a prueba de clima no es un proyecto que esté fuera del tiesto. De hecho, la ejecución del proyecto de protección costera y la preparación de la ciudad para las aguas lluvias no dan espera.
Desde ahora Cartagena puede empezar a ser una “ciudad esponja”, nombre que se le ha dado a aquellas que iniciaron su adaptación al cambio climático mediante proyectos que permiten que las aguas lluvias sean absorbidas por la misma ciudad, y no dirigidas al mar o a lagos y lagunas, como históricamente ha sucedido. Un ejemplo claro es Ámsterdam, donde, por ley, los nuevos edificios deberán retener 60 mm de aguas lluvias por cada metro cuadrado construido. Por ello, los paisajes están convergiendo a la inclusión de techos verdes y a una ciudad cada vez más arborizada.
Como es claro, no son pocas las soluciones disponibles. Pero sí lo son la gestión y organización ante un problema que no se puede posponer. Entretanto, la preparación de los cartageneros para el cambio climático estará supeditada a que, ante la expectativa de lluvia, nos armemos con paraguas y botas pantaneras.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesor de la Escuela de Negocios y del IDEEAS, UTB.
