El papel de la carimañola

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En las mesas de fritos del Caribe colombiano la Tierra sigue siendo plana y los astros giran en torno a ella. Es un geocentrismo de la manteca donde la arepa de huevo deslumbra con su riqueza solar y las empanadas orbitan del caldero al mantel como cuartos menguantes. Si uno se esfuerza, incluso podría advertir bolas de hidrógeno y helio caliente en las papas rellenas o enanas rojas en los buñuelos de fríjol. Después de todo, se trata de una comida que los hambrientos sienten como caída del cielo, algo que no resulta muy extraño en los países de habla hispana donde sólo hay que quitarle la “g” a la palabra gastronomía para convertirla en una ciencia del firmamento.

En esta cocina de los cuerpos celestes, nada me parece más enigmático que la carimañola. Es tal vez el frito que más se asemeja a la luna, no por su forma sino por el color ceniciento que obtiene de la yuca. Sus orígenes son tan inciertos como su verdadero nombre. El Vocabulario Costeño de Adolfo Sundheim, que data de 1922, la llama “carabañuela” sin explicar por qué, aunque aclara que también puede ser preparada con masa de patatas. Los barranquilleros, y en general la gente del Atlántico, le dicen “caribañola”. Alguien me contó que esa expresión era un acrónimo que provenía de las palabras “Caribe” y “española”, pues su receta mezclaba la yuca americana con el queso y la carne traído de Europa. García Márquez usa “caribañola” en Crónica de una muerte anunciada pero retorna a “carimañola” en una entrevista que ofrece a Informe Cultural nueve años después de la publicación de su novela.

Los cartageneros están convencidos de que lo más adecuado es llamarla “carimañola”, con la “m” de mazorca y mazamorra. Sus motivos son estéticos y no apelan en ningún momento a la historia. Sin embargo, algunas hipótesis lingüísticas sugieren que el nombre procede de “caramañola”, y este del francés “caramagnole”, término que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define como “recipiente de aluminio en forma de cantimplora, que usan los soldados para llevar agua”. De manera que el famoso rombo de yuca frita debe su nombre a las similitudes que mantiene con los termos de los militares.

Es curioso, pero hace poco descubrí que “caramagnole” también se llama una canción insigne de la Revolución francesa. La cantaban los republicanos mientras se derrumbaba la monarquía y rodaban cabezas en los patíbulos. “¡Bailemos la Carmañola! ¡Viva el sonido de los cañones!”, gritaban. “Este tiene que ser el origen”, concluí, a sabiendas de que estaba imponiendo un capricho. Pero, piénsenlo bien, ¿no será que cada carimañola en cada mesa de frito es un llamado a la rebeldía, una estrella –y no una luna– de la revolución?

*Escritor.

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