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Columna

“Humano, demasiado humano”

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Hablábamos todos los días. Comentábamos los asuntos más íntimos relacionados con la forma como sentíamos el mundo, y ello desembocaba, inexorablemente, en el análisis de acontecimientos políticos locales y nacionales. A pesar de compartir la orientación ideológica no siempre estábamos de acuerdo. Argumentábamos con pasión y, en ocasiones, colgábamos bravxs pero siempre nos podía más el amor y terminábamos reconciliándonos a los 5 minutos. De aquellas conversaciones solían nacer los temas para la columna de los sábados, que empezaba a vislumbrar desde el miércoles.

El jueves era el día más difícil porque debía enfrentarse a la bendita hoja en blanco a la par que atendía asuntos laborales a los que se entregaba de lunes a domingo, como si tuviera una salud de hierro. Su teléfono, le decía yo, parecía un call center. Atendía un sinnúmero de llamadas porque nunca se permitía no estar disponible. El invento de la llamada en espera y del “guasap” fue fatal porque enganchaba una con otra y otra más con su habitual “ya te devuelvo”. También gestionaba operativos, atendía medios, amigxs mientras -no me explico cómo-, iba avanzando en la escritura. Ese darse hacia lxs otrxs sin medida, quizá, era lo que le mantenía anclado a la vida. Y así era con todo: con su tiempo, su escucha y sus consejos, con sus recursos físicos, intelectuales, económicos. Era un revolucionario que predicaba con el ejemplo.

El jueves por la tarde volvíamos a hablar: “¿Te puedo leer?”, preguntaba, y juntxs pulíamos las ideas y el texto. Con un estoicismo de monje budista, y sin reparar en el peso de su enfermedad, madrugaba a horas absurdas el viernes porque el día anterior no escribía después de 6 p. m., hora en que se enchufaba al noticiero local, seguía con el nacional y terminaba con la novela. Le encantaban las que relataban hechos históricos, como Las Villamizar o la de Bolívar. “¿Cómo te parece? Después de viejo me volví novelero”, decía con el humor caribe que exudaba.

El viernes, entre la sagrada lectura matutina del periódico, las llamadas y las gestiones del trabajo terminaba a medio día la columna y, de nuevo, hablábamos. Luego de escuchar mis comentarios, me preguntaba, “ajá, ¿y qué título le pondrías?”. Y nos quedábamos pensándolo juntxs hasta encontrarlo. Había textos en los que dejaba salir la voz del abogado, otras la del servidor público y guerrero incansable, pero me encantaban aquellas donde afloraba la del cronista y poeta. Para esas había comentarios especiales. En la última lectura, antes de mandarla al editor, yo solía expresar: “Esta entra en el top”. Y se emocionaba como niño chiquito, porque era tierno y amoroso.

El sábado nuestra conversación giraba en torno a lo que había generado el texto entre colegas, amigxs y familiares.

Este espacio en el periódico le dio la oportunidad de reflexionar sobre la vida y sus desafíos; le permitió aportar a la ciudad una perspectiva diferente y enriquecida sobre la realidad local y nacional. Fue un comunicador profuso y profundo, por eso escribir le apasionaba, igual que conversar con lxs amigxs, hablar con las imágenes que capturaba en sus fotos, narrar con sus documentales episodios que él, siempre a la vanguardia, sabía que serían históricos. Cada día de su vida estaba cargado de intensidad, de sentido. Necesitaba el contacto con lxs otrxs, porque nació para dar, para darse. Le era difícil encontrar la medida de las cosas, por eso ponía su creatividad al servicio de los demás sin esperar nada a cambio. A veces lo regañaba porque sin poder, podía, se exigía hasta lograrlo, olvidando que su mente lúcida habitaba un cuerpo que se iba marchitando con cada esfuerzo.

Fue un hombre que, por todas partes, sembró amor con sus palabras y sus actos, pero él no se lo creía. Se sorprendía cada vez que le contaba que, estando en un sitio cualquiera, la gente me abordaba para expresarme el cariño que le tenían, lo cual me ha pasado desde muy joven, especialmente, cuando fui funcionaria y tuve una agenda inclemente.

Ya ninguno de quienes lo amamos y admiramos podremos disfrutar de las conversaciones cotidianas, ni discutir sobre política, ni leer sus columnas los sábados, pero seguirá habitando nuestras anécdotas y apareciendo en nuestra memoria. Será difícil aprender a vivir sin su voz, escrita y hablada, pero deja un inmenso legado afectivo y una profusión de palabras a través de sus audiovisuales, sus poesías y sus columnas que, ojalá, sean inspiración para las generaciones futuras.

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