Las malas decisiones reposan a menudo sobre la falta de información. Desconocer el entorno o no contar con evidencia suficiente son una vía segura a la incertidumbre, a un devenir en vilo.
Afortunadamente hoy vivimos en una era tecnológica. Se dice que hoy se recopila en solo dos días más datos que todos aquellos almacenados hasta finales del siglo XX. 650 millones de tweets al día, cerca de 500.000 comentarios y 135.000 fotos cargadas en Facebook cada minuto, y la información de cientos de miles de compradores en tiendas físicas y virtuales, ofrecen una idea del volumen de datos que como sociedad hoy podemos compilar.
Al uso de este casi insondable volumen de información los científicos de datos llaman “Big Data”. Hemos llegado a nombrar números cuyo tamaño es a veces impensable: un gúgol, que equivale a un 1 seguido de 100 ceros. Piense que la circunferencia del planeta Tierra —medida en centímetros— sería un 4 seguido de “apenas” 9 ceros (la del sol sería un 4 seguido por 14 ceros).
¿Qué podemos hacer con tanta información? La recopilación, almacenamiento y, sobre todo, el análisis de los datos ayuda a tomar mejores decisiones en el quehacer diario. Conocer el precio y la calidad de los productos en los mercados, por ejemplo, nos ayuda a mejorar nuestras decisiones de compra. Las políticas erigidas por gobiernos locales y nacionales, o reformas tributarias como aquella bajo la tutela del ministro Carrasquilla, pueden ser más eficientes si están basadas en datos de encuestas de hogares o en evidencia empírica. También las empresas pueden aprovechar la información de sus clientes para dirigir con mayor precisión sus estrategias de mercadeo. De hecho, lo hacen.
Los problemas de contar con tan vasta información no dan espera. Su almacenamiento encabeza la lista. Hoy contamos con servidores que fungen como centro de acopio de datos, pero no siempre fue así. El economista francés Thomas Piketty señala que parte de la dificultad de reconstruir las cifras de desigualdad en el mundo fue la disponibilidad de los datos, pues muchos se perdieron en CD y disquetes dañados. También nacen problemas con la privacidad de los individuos y colectivos, lo que ha llevado a empresas como Facebook a librar encarnizadas batallas legales con el Congreso de EE. UU.
Con más control y mejores políticas de protección de datos, serán mayores los beneficios que los riesgos que conlleva el uso de la información. No siempre es necesario contar con gúgoles de datos; a veces solo basta conocer los precios de la canasta familiar para tomar buenas decisiones de política pública, por ejemplo.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesor de la Escuela de Negocios, UTB.
