Cartagena afronta por estos meses una fuerte ola de inseguridad. Solo en lo que va corrido de 2022 se han presenciado 114 actos de sicariato y 57 muertes vinculadas con riñas o violencia interpersonal, por no hablar de los frecuentes atracos y robos.
Casi a diario, los cartageneros deben escuchar en las voces matutinas de las emisoras los hechos que rodean a los múltiples asesinatos, actos vandálicos y situaciones en las que reina la intolerancia. Las páginas de periódicos y revistas están plagadas de narrativas desgarradoras, testimonios y relatos de familiares y amigos angustiados y afligidos por la partida de alguien a quien consideraban muy cercano.
Con un promedio de dos casos de sicariato cada tres días, la percepción de inseguridad en las calles se hace inminente. A este ritmo, nos dejará de sorprender que se dispare una bala más en alguna zona de la ciudad, como si no estuviéramos hablando de una vida que se pierde. Hemos llegado a tal punto que el Consejo de Estado podría declarar Estado de Conmoción Interior.
No tengo claro qué esperan las autoridades, incluida la administración distrital, para tomar cartas en el asunto. Las acciones preventivas de este tipo de situaciones parecen insuficientes: ¿cómo pueden circular tantas personas por la ciudad portando armas de fuego a pesar de su prohibición? ¿Cómo puede ser que motocicletas con parrillero recorran las calles de los barrios en los que esto está vedado? ¿Cómo se explica que, a pesar de todo lo ocurrido durante el año, todavía sean pocos los controles policiales impuestos en calles y avenidas?
Las consecuencias de tan grave situación son irrebatibles. La alta inseguridad desincentiva la llegada de visitantes nacionales y extranjeros, que preferirán otros destinos que les ofrezcan vacaciones con menos peligro. Asimismo, los locales observamos con zozobra cómo nuestra calidad de vida disminuye con cada disparo, cada asesinato y cada robo adicional.
El panorama en la ciudad podría ser más claro si sus autoridades mejoraran el tiempo que toman para reaccionar al llamado de una situación peligrosa, si manejaran con mayor acierto los conflictos e inconvenientes de los conciudadanos y si usaran con mayor rigor las herramientas que brinda la justicia para castigar a autores materiales e intelectuales de estos hechos delictivos. Cartagena debe apuntar, además, a una mayor cultura ciudadana y orientar a sus habitantes hacia la civilidad, el respeto y la tolerancia.
Que no vaya a ser que la inseguridad nos arrebate con un balazo nuestro futuro.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesor de la Escuela de Negocios y del IDEEAS, UTB.
