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Editorial

¿Se resquebraja la Seguridad Democrática?

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Desde que Juan Manuel Santos comenzó su presidencia se dice que el estamento armado de Colombia se relajó y que lo ganado en seguridad durante la era Uribe comienza a desplomarse.

En realidad, ya se veía el avance fuerte de las bandas criminales (Bacrim) al final de la era de Uribe y toman cada vez más fuerza los diversos Rastrojos, Águilas Negras, Urabeños y demás delincuentes en el país, dedicados al narcotráfico, pero también a la extorsión y a la disputa a muerte entre ellos por controlar los corredores para exportar droga.
La violencia desmandada en Córdoba, con una cantidad impresionante de asesinatos, saltó a las noticias nacionales. Algunos susurran que la inseguridad es casi tan grave como antes de la Seguridad Democrática, cuando primero las Farc asesinaban y desaparecían, y después lo hacían los paramilitares.
Luego fue Cali la que alarmó al país con una racha de homicidios y de inseguridad también desbordada. El General Óscar Naranjo, comandante de la Policía, se trasladó personalmente a esa ciudad, capturó a varios delincuentes y le bajó el ritmo a los asesinatos mediante una saturación policial inesperada en sitios clave de Cali.
La explicación de las autoridades suele tener un patrón: que los asesinatos ocurren entre bandidos por adueñarse de los corredores del narcotráfico, el microtráfico urbano y el “mercado” de las extorsiones urbanas y rurales, de las cuales son ya víctimas desde los tenderos hasta los finqueros.
En los pueblos aledaños a Cartagena hay sicariato, usualmente entre gente de estratos bajos. Pero hace pocos días balearon en Arjona a un ganadero conocido y a su hijo: el primero murió en el acto y el segundo sobrevivió hasta ayer. La hipótesis más repetida allí es que se negó a pagar una extorsión y sus muertes enviaban el mensaje de que nadie es tan importante que no puede ser asesinado si no se deja vapulear.
Es vox populi que Ballestas es un foco de Bacrim con influencia en Arjona, Turbaco, Turbana y otros sitios. Se dice –no nos consta- que en la zona hay un matón que debería estar preso, pero que tiene su casa por cárcel, y no solo viola esa restricción inexplicablemente “generosa”, sino que anda en su moto sin que las autoridades del pueblo muevan un dedo.
El capítulo más reciente de la inseguridad en el país es de las Farc, que después de muchos años apabulladas, ayer volvieron a tomarse una carretera troncal: la de Medellín a la Costa Caribe, en Yarumal.
Ese, por supuesto, es el peor “sacrilegio” contra la Seguridad Democrática, un retroceso enorme. Y es precisamente lo que quiere la subversión que se repita para amedrentar a su enemigo más peligroso: la confianza ciudadana en la protección del Estado. Una vez perdida, causaría el desplome de la movilidad y tranquilidad nacional.
A eso le apuntan las Farc y seguramente tienen vista otra ruta emblemática con talón de Aquiles para repetir la hazaña. El Gobierno y las Fuerzas Militares tienen que dejar de tratar de dorar la píldora y remangarse la camisa para no perder el pulso contra Bacrim y Farc, que no se ganará con declaraciones, sino con acción efectiva.

 

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