Martín Murillo era un vendedor ambulante de agua, lavador de carros y sujeto de otras informalidades hasta que se encarretó con un libro regalado. Le sacó tanto el jugo que quiso que otras personas hicieran lo mismo y comenzó a prestárselo a quien lo quisiera. Para sorpresa suya, se lo devolvían.
Murillo comenzó a conseguir más libros regalados y compró una carreta de tracción humana, la de él mismo, para andar con ellos. Como el cuento se regó, Murillo ahora es famoso, tiene varios miles de libros y todos los días embarca un lote distinto. Su carreta también rueda fuera del país, porque lo invitan a dictar conferencias acerca de su experiencia.
El “negocio” de Murillo es repartir conocimiento gratis en la Carreta Literaria, como bautizó la que empuja por toda la ciudad, que es una fábrica de confianza. Nunca nadie se ha quedado con un libro. En una entrevista de agosto 11 de este año le dijo a El Universal que vivía de los patrocinios de varias entidades.
Murillo se ha conseguido un montón de amigos, muchos importantes. Entre estos está Pedro Medina, otro “loco” que cuando era menos cuerdo se hizo muy conocido por introducir la cadena de comida rápida McDonalds a Colombia, pero luego se volvió famoso por dejarla, para dedicar su vida a la catequesis cívica a favor del país y de su gente.
Medina, por supuesto, también tiene su carreta. La de él no es de madera, sino verbal. Podría confundirse con un asceta oriental porque es flaco y calvo, y cuando se encarreta en cualquier escenario, parece a punto de levitar, pero lo aterriza un sentido del humor muy colombiano.
Sus charlas parecen prédicas, pero no pretenden salvar almas, sino mejorar el país a través de la actitud de la gente. Su carreta principal se llama Yocreoencolombia, pero tiene versiones nacionales e internacionales y está a punto de tener una que se llamará Yocreoencartagena.
La carreta de Murillo presta libros para ayudar a democratizar el conocimiento y el gozo intelectual, pero como dijimos antes, es una fábrica de confianza: la de Murillo por prestar los libros así no más, y la de sus "clientes" por devolverlos, también así no más. En cada caso, crecen por dentro Murillo y su usuario por creer el uno en el otro.
Y la carreta de Medina también “negocia” en confianza y autoestima, bienes difíciles de transar y tasar en el mercado mental y espiritual, pero no hay duda de que también da utilidades personales y sociales.
Cartagena necesita embarcarse en más carretas como las de Murillo y Medina para producir confianza entre los ciudadanos, indispensable para destrabar los paradigmas e individualismos que tienen frenada a la ciudad.
A esos nudos hay que meterle carreta positiva –sin ser ingenuos ni bobalicones- para que la ciudad llegue a un acuerdo sobre lo fundamental: cómo erradicar la pobreza y aminorar la desigualdad, que además de carreta buena y útil, requiere mucho trabajo y buena voluntad.