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Editorial

Santos debería oír más

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En estas últimas semanas, columnistas y editoriales de los periódicos le recriminan a Santos la que perciben como su desconexión con la realidad. Su pariente, Francisco Santos, para sugerir una especie de autismo del Presidente y de su equipo de gobierno, compuesto más que todo por tecnócratas andinos, le recordó la sugerencia del congresista Armando Benedetti: los ministros y demás funcionarios deberían aprender español, porque parecen más diestros en inglés y no entienden lo que pasa en el país.
La encuesta publicada por Semana muestra la caída de la popularidad de Santos y su gobierno, y pinta un panorama distinto al que predica el Estado con sus estadísticas económicas y de seguridad.
A pesar de que para lograr la reconquista de Antioquia para su reelección, en donde le hacen desprecios constantes al presidente Santos por su “traición” a Uribe y sus postulados, el gobierno le ha dado unas diez veces más dinero a este departamento, esta vez no solo de las regalías que nos reserva a las demás provincias, sino del jugoso presupuesto nacional del que nos toca poco en este litoral, los antioqueños siguen descontentos con el Presidente, cosa que algunos dicen –como sugiere Semana- que es una estrategia para sacarle más plata.
Más allá de esta suspicacia, El Universal supo que los cacaos paisas se quejaron porque en su última visita el Presidente les dictó cátedra del país y de la obra de gobierno, y no les escuchó sus preocupaciones. Esta crítica es común en otras partes del país.
La pelea abierta entre Uribe y Santos no le conviene a ninguno de los dos y mucho menos a la nación. Aunque se habla de una comisión para mejorar sus relaciones, es poco probable que tenga éxito. A Uribe no le funciona la reversa, sin importarle si va por buen o mal camino, y obliga a Santos a corresponderle de igual manera.
La seguridad depende no solo de las fuerzas armadas, sino de lo que los habitantes sientan como inseguridad. Cuando Uribe se tomó las carreteras en su primer gobierno, antes controladas por las Farc, los colombianos se volcaron a viajar por tierra y anularon cualquier capacidad de la guerrilla para responder.
Antes, con unos pocos guerrilleros y mucho miedo de la gente, las Farc y demás tenían a los colombianos arrinconados en sus casas. Si se pierde la sensación de seguridad, se le abre de nuevo el camino a los grupos ilegales. Por su parte, las Bacrim se multiplican de manera exponencial en todo el país.
No hay manera de que a Colombia le vaya bien no solo si aumenta la inseguridad, como parece suceder en varias partes, sino si los colombianos se vuelven a asustar y le dejan de nuevo el espacio libre a los ilegales.
Es cierto que Santos debería oír más, pero las campañas políticas, por mucha que sea la pugnacidad cercana al odio que las anima, deberían ponerse límites. Destruir lo logrado para ganarle al contrario solo llevará al fracaso del país.

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