La imagen de los adolescentes en la actualidad es la misma que en todas las épocas ha forjado el paradigma de una persona indiferente, despojada de compromisos, preocupada sólo por la satisfacción inmediatista de sus deseos y caprichos, trazando sus límites más allá de la sensatez, y en franco enfrentamiento a sus padres y a los adultos en general.
Pero el adolescente actual, más precoz que en el pasado e iconoclasta en mayor grado, deriva hacia una personalidad que busca a toda costa el dinero fácil y el placer sin esfuerzo, y este perfil es perceptible en los peores azotes de nuestra sociedad, como la prostitución de las llamadas acompañantes o “prepagos”, cada vez más jóvenes y desvergonzadas; las peligrosas y violentas pandillas de algunos barrios, estimuladas por la droga, el ocio y las ansias de poder; o los prematuros sicarios reclutados por bandas criminales.
El escenario más útil para examinar los caminos imprevisibles que están transitando nuestros adolescentes es el ilimitado universo de internet, especialmente las redes sociales, en los que la interacción provechosa ha sido reemplazada por una comunicación alternativa, basada en la agresión, la ofensa, la calumnia y la violación sistemática del derecho a la intimidad y al buen nombre.
Por supuesto, la primera responsabilidad por la formación de los adolescentes les corresponde a los padres y a la familia, luego viene la escuela, y cada vez con mayor participación, la iglesia a la que sus padres pertenecen.
El problema es que parece generalizarse la despreocupación de los padres por afianzar en sus hijos los valores fundamentales de la honestidad, el trabajo y la solidaridad, para recrear antivalores que los medios de entretenimiento muestran como ideales del éxito, entre ellos el aprovechamiento de los demás, la ganancia a cómo dé lugar y la adquisición de bienes tan lujosos como inútiles.
En las escuelas se ha privilegiado para bien la enseñanza científica, pero se ha descuidado para mal la formación en los principios superiores y las virtudes que elevan la condición humana.
Pero lo más preocupante es que la religión, que debe contribuir a la corrección de las desviaciones morales, ha entrado en un torrente de iglesias, cultos y congregaciones, que confunden y desorientan a quienes apenas están descubriendo el sentido de la vida y su propósito en este mundo.
En contravía a los elevados principios del amor proclamados por Jesús como el camino más corto para la salvación, algunos cultos están contribuyendo a reforzar la nefasta cultura que nos legó el narcotráfico, del dinero y los bienes materiales en abundancia como máximo objetivo de la vida, y es obvio que los adolescentes sin una férrea formación moral se obnubilan con los mensajes que ubican la bondad de Dios en la cantidad de riqueza y prosperidad que nos proporcione.
Claro que hay muchas congregaciones sinceras que buscan la armónica integración de sus miembros y trabajan en comunidad por ayudar a los demás a encontrar el camino.
Pero también hay las que lavan el cerebro de los neófitos a través de prácticas de condicionamiento conductual, que pueden desequilibrar a las mentes indefensas y cuya única meta es crecer en adeptos y enriquecer a sus líderes.
El camino de una sociedad de personas solidarias, que respeten y ayuden a sus semejantes es el de ser cada día mejores y más prósperos como resultado del trabajo y la dedicación, y ese camino exige que los padres, las escuelas y las iglesias no afiancen la cultura de la riqueza fácil, sino la del crecimiento creativo y útil para la humanidad.