Hasta el último día de su vida Héctor Hernández Ayazo fue un hombre serio y responsable: camino del hospital llamó a El Universal a decir que no podía escribir el editorial del lunes, como había prometido.
En medio de su emergencia, sólo pensaba en no quedar mal.
Esa actitud resume su personalidad de manera perfecta, resume su actitud íntegra y su convencimiento de que nada hay más sagrado que la palabra del hombre, y nada hay más virtuoso que cumplir lo que se promete.
Por eso no le gustaban los politiqueros que se la pasan ofreciendo esta vida y la otra a la comunidad, solo para garantizar que la gente vote por ellos y, una vez elegidos, se olvidan de todo y trabajan únicamente por sus propios intereses.
Esa indignación contra la práctica política corrupta no la guardó en críticas silenciosas o quejas en ámbitos cercanos, sino que la plasmó valientemente en columnas que lo habían convertido en la conciencia de una ciudad como Cartagena, que ha sido víctima consuetudinaria de los saqueadores del erario y los expoliadores de los bienes públicos.
Fue implacable con los deshonestos sin transigir con ellos en ninguna circunstancia y, por contraste lógico, supo apoyar y destacar a quienes como él estaban empeñados en acabar con la contratación ilegal, el despilfarro de los recursos del Estado, el aprovechamiento de los cargos oficiales para conveniencia propia, y todas las epidemias que carcomen nuestro país.
Pero Héctor Hernández Ayazo era mucho más que eso: era un hombre bondadoso, dispuesto siempre a tenderle la mano a los demás, sin importarle de quién se trataba y sin esperar nada a cambio, sólo movido por la satisfacción de servir.
También era un hombre sumamente inteligente y estudioso, que dominaba todas las ramas del Derecho con propiedad y sabiduría. Él estaba convencido de que en esta vida nunca debe dejarse de aprender, y constantemente investigaba y leía con una curiosidad sin límites. Por eso mismo estimulaba y respaldaba a quienes tenían esas ansias de conocerlo todo.
Tenía un don especial para mirar más allá de la simple apariencia de las cosas, y sabía reconocer las intenciones ocultas de una persona.
Cuando comprobaba que había sinceridad en un ser humano, se entregaba sin contemplaciones a la amistad sin condiciones y sin límites.
A muchos nos va a hacer falta Héctor Hernández Ayazo. A Cartagena, porque perdió a uno de sus más aguerridos defensores. A su familia, porque no tendrá ese caudal de amor imperecedero que prodigaba. A sus amigos, porque ya no sentirán su ternura cálida. Y los miles y miles que ayudó, porque la muerte les quitó un protector.
El consuelo que nos queda es el enorme conjunto de anécdotas que son el mejor ejemplo de integridad.
Una vida para no olvidar.