Cualquiera creería que los habitantes de las poblaciones del Caribe colombiano son riquísimas al ver la cantidad de establecimientos que venden trago y ponen música a volúmenes altísimos, el uno al lado del otro, y la numerosa clientela que parecen tener.
Esa es la primera impresión, aunque seguramente un análisis cuidadoso determinaría que dichos negocios y clientela fija, casi cautiva, tienden a ser una proporción pequeñísima del total de los negocios de los pueblos y de la población total, pero entre ambos le amargan la vida al grueso de la población con su música a volúmenes escandalosos y sonando al unísono en una cacofonía enloquecedora. Nadie cerca a estos establecimientos puede dormir y las consecuencias para la salud de la gente son terribles, como lo puede atestiguar cualquier médico.
Por ejemplo, pasar por Bayunca en un día de fin de semana es una experiencia traumática, y si se toma la vía recién pavimentada por el gobernador Gossaín entre ese pueblo y la Vía del Mar, la hilera de bares y equipos de sonido a lado y lado de esa calle es larguísima, y su sonido enloquecedor. En vez de controlarlos, cada día parece haber más.
Turbaco era igual o peor hasta que la doble calzada terminó con la hilera de establecimientos frente a la bomba de gasolina Esso, pero ahora ya se notan algunos sitios nuevos y escandalosos en inmediaciones de esta estación de servicio.
El pasado fin de semana un conflicto entre locales y forasteros, por supuesto alrededor de música a alto volumen y trago a tutiplén en un picó, terminó en la destrucción de la estación de bomberos del pueblo, con pérdidas estimadas en veinte millones de pesos.
El sábado en la noche hubo una caseta frente a la estación de servicio Texaco, sobre la Troncal de Occidente, cuyo sonido perturbaba la tranquilidad pública a varias cuadras a la redonda. ¿Cómo es posible que Turbaco otorgue permiso para violar las normas nacionales y locales de ruido, y no haga nada para detenerlo apenas comenzó? Algunos vecinos consultados por El Universal dijeron que no solo no durmieron, sino que no tenían ningún sitio de su casa donde poder evadir el ruido ensordecedor.
En pleno barrio El Recreo, también en Turbaco, y más exactamente en la esquina de la llamada “Primera calle de El Recreo”, acaban de montar una cantina que no deja ni pensar a los vecinos, quienes andaban recogiendo firmas para presentar la solicitud de cerrar este establecimiento a la Policía y Alcaldía. Si es que tiene permiso este lugar, ¿quién lo otorga contra todas las normas y contra el sentido común? ¿A quién le interesa, y por qué, sacrificar el sueño de la mayoría de los vecinos por un interés particular?
Pero la cultura del ruido no se limita a los picó fiesteros. Varios almacenes en Turbaco, incluyendo un megalmacén recién inaugurado de víveres y enseres, muy bien montado por cierto, pone un parlante enorme mirando hacia la Troncal de Occidente, a un volumen altísimo, y promociona así sus mercancías contra todas las normas de convivencia.
Vale la pena que las autoridades pongan fin a todos estos abusos de inmediato.