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Editorial

Ética y Periodismo

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La publicación de un video en que el ex viceministro del Interior, Carlos Ferro, sostiene una conversación de alto contenido sexual con el hoy capitán de la Policía, Ányelo Palacios, desató una discusión en la opinión pública colombiana sobre los límites que debe tener el periodismo con la vida privada de las personas, en la que también se sacó a relucir el caso del ex Defensor del Pueblo, Jorge Armando Otálora, quien afronta una investigación por acoso sexual, tras la demanda de su secretaria privada. Los casos son distintos, pues mientras en este último la escabrosa fotografía publicada por los medios era la prueba misma del delito y el Defensor era un personaje público, en el video no es explícito que sea un delito y lo único evidente es que es una conversación de dos adultos sobre sus gustos sexuales que no son impedimento para desempeñar un cargo y que podrían traer consecuencias para unos menores de edad, hijos de uno de los protagonistas. Muchos consideran que si una persona ostenta un cargo público, debe estar preparada para que su vida privada sea escudriñada a fondo, pero otros dicen que si no se afecta su desempeño no debe ser motivo de un informe periodístico ni debe divulgarse.

Lo que está en discusión son los alcances del periodismo al informar y los controles que deben provenir de su propio interior. En una ocasión el presidente Betancur decía “Prefiero una prensa desbordada que una prensa censurada”. Son los mismos espectadores, como ha sucedido en este caso, quienes pueden ejercer control sobre los medios, consumiéndolos o no, criticándolos, y reprochándolos o ensalzándolos. En las democracias, el periodismo husmea y se encarga de develar las maniobras que algunos tienen interés en mantener ocultas. Pero desempeñar ese papel de perro guardián exige de los periodistas mucha rigurosidad y no divulgar aquello de lo que no tienen evidencia incuestionable. El poder de controlar requiere el deber de ser responsable. No porque lo estén diciendo en las redes sociales, una cosa es cierta. A veces es lo contrario. Las redes no reemplazan el periodismo de calidad e investigación.

Muchas veces, por el afán de decirlo primero o simplemente de decirlo, los medios cometemos errores. Por eso en El Universal solo publicamos aquello de lo que tengamos suficientes pruebas para hacer un hecho irrebatible. Pero eso no significa que renunciemos a nuestra misión de ser veedores de la cosa pública, solo que nos toca trabajar más e indagar más, pero nuestra mira está puesta en el interés colectivo. El funcionario público debe saber que su vida privada debe estar sujeta más que el resto de ciudadanos al escrutinio general, pero hasta el límite en que lo que haga afecte su desempeño.

Para intentar ser un buen periodista hay que tener ética y hay que autorregularse. Independientemente de si la solución está en la edición o corte del video, este caso y otros recientes deben plantear una pregunta sobre qué están haciendo los medios para autorregularse, que no es lo mismo que autocensurarse.

 

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