Sobre la tumba de Francisco de Asís –el popular santo nacido el 3 de octubre de 1226–, el papa firmó este sábado su tercera encíclica, denominada ‘Fratelli tutti’, en torno de la fraternidad y la amistad social, que resume la visión doctrinal de la Iglesia en temas globales que el pontífice ha venido tratando desde su elección en 2013, pero con elementos muy actuales a raíz de las traumáticas realidades aceleradas por la nueva peste.
Como los temas expuestos en sus ocho capítulos incluyen condenas a expresiones en boga que agobian o angustian a pueblos en todas las latitudes del orbe (nacionalismos, globalización, populismos, neoliberalismo), ya algunos comentaristas lo califican como un documento que fija la posición política del papa Francisco. Desconocen esos intelectuales que la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) no es una novedad de este pontificado, y que las encíclicas que la desarrollan no pertenecen al ámbito de las ideologías sino de la Teología Moral, que se ocupa de los temas relativos a las realidades de la vida y las vicisitudes sociales, frente a los cuales se espera que la Iglesia no permanezca indiferente.
Por el contrario, el papa Francisco recoge en ‘Fratelli tutti’ (Hermanos todos) viejos conceptos, acopiados desde la primera encíclica social (’Rerum Novarum’, promulgada en 1891 por Leon XIII sobre la situación de los trabajadores), pero traídos al contexto de las realidades mundiales, como corresponde a la línea vaticana de actualizar la DSI con renovadas luces sobre la identidad, la vocación y el destino último de la persona y del género humano, de tal manera que nunca estén al servicio de sistemas o ideología política algunos.
En esta ocasión el papa Francisco vuelve a fustigar, y de manera sistémica, una economía que se aprovecha de los avances tecnológicos para reducir los “costos humanos”, maximizar la especulación financiera y la riqueza ficticia, señalando que el mercado solo no lo resuelve todo, pues “se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente” y, aun cuando hay reglas económicas que resultan eficaces para el crecimiento, dañan el desarrollo humano integral.
En la encíclica se arrea contra dos formas peligrosas para la paz y la dignidad del hombre: el populismo y el nacionalismo, que polarizan aún más a sociedades que ya estaban divididas, pues crean nuevas formas de egoísmo bajo la supuesta defensa de intereses nacionales o políticos. También clama a no permitir que retorne la fiebre consumista y nuevas formas de “autopreservación egoísta”.
Llama la atención la forma directa y sin tapujos en que insta a reformar la Organización de las Naciones Unidas para darle paso a un modelo que concrete un concepto sincero de “familia de naciones”.
En fin, la encíclica merece atención. Vale la pena que se discuta; que no quede en los anaqueles de la historia, pues propone, sin interferencias ideológicas interesadas, propuestas profundas a problemas reales que nos laceran.