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Editorial

Ceremonia controversial

“Un camino de lejos mejor para ganar terreno en esas luchas es dejar de polemizar con lo que puede herir, y centrarse en una comunicación empática...”.

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A más de una semana de la inauguración de los Juegos Olímpicos en París, no cesa la polémica por la ceremonia que incluyó escenas que hirieron la sensibilidad de un nutrido grupo de personas e instituciones a lo largo del orbe.

Los ofendidos o molestos no solo fueron creyentes de distintas religiones y algunos gobiernos; también artistas, filósofos, escritores, políticos, activistas de izquierda, centro y derecha, así como grupos defensores de valores familiares tradicionales, y un largo etcétera.

Por el nivel de agitación, la puesta en escena, que pretendía llevar un mensaje de libertad, tolerancia y concordia, singularmente por las minorías, resultó produciendo un efecto contrario de lo que buscaba.

Por una parte, están quienes consideran que la escena denominada “Festividad”, mostró lo que se entendió como una escenografía de la última cena de Jesús con sus apóstoles interpretada por varias drag queens, seguida de la presentación de Philippe Katerine, un cantante famoso en Francia, semi desnudo, pintado de azul, con guirnaldas de hojas y frutas, parecido al dios griego Dioniso (Baco para los romanos), símbolo del vino y los placeres mundanos, todo lo cual fue percibido como obsceno y ofensivo para los creyentes e inapropiado para los menores de edad que presenciaron las escenas, confeccionadas para la comprensión de los adultos.

A pesar de que los organizadores, para bajar el tono de las protestas de quienes se sintieron ofendidos, señalaron que la escena se refería al cuadro El festín de los dioses, obra del siglo XVII de van Biljert, varios de los actores que participaron en la polémica representación afirmaron que sí era alusiva al famoso cuadro de Da Vinci.

Por el otro, están quienes consideran que solo se trató de una parodia que finalmente puso en evidencia la protesta de un mundo machista, discriminador, intolerante y homofóbico, que no supo ver el mensaje progresista y humano, apenas natural en Francia, país cultor de la laicidad, la inclusión, la fraternidad y la diversidad.

Y tal vez allí resida el problema: ninguno de los dos grupos extremos puede ver o intentar comprender las sensibilidades del otro.

Quienes crearon las escenas o representaciones tan duramente cuestionadas, buscando avivar la tolerancia y la inclusión en un mundo dividido y polarizado, equivocaron la estrategia al provocar reacciones adversas al movimiento, narrativa e ideas que promueven. Y es que suele ocurrir que, quienes han sufrido la intolerancia, aprovechan los amplios espacios de libertad ganada tras años de intensa lucha por romper viejas cadenas, pero emplean a su vez diseños, actos o expresiones que muestran intolerancia contra quienes desean cambiarles sus perspectivas.

Un camino de lejos mejor para ganar terreno en esas luchas es dejar de polemizar con lo que puede herir, y centrarse en una comunicación empática y estretégica.

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