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Editorial

Maduro pa’ rato

“Se incurre en profunda ingenuidad, en algunos casos cómplice, si se cree que, sin una contundente presión contra las cabezas del régimen, puede haber algún atisbo de voluntad para respetar la decisión popular”.

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Las posibilidades de que Nicolás Maduro deje el poder después que el Consejo Nacional Electoral le entregará la espuria credencial que lo acredita como ganador de las elecciones de julio pasado, son mínimas.

Cuando un dictador queda al descubierto después de un proceso electoral tramposo, en el que claramente pierde el favor popular, desconociendo la derrota, no hay manera de que se desprenda de este, salvo cuando los militares lo desalojan del palacio presidencial o la turbamulta lo defenestra con determinación indeclinable.

Ayudan, por supuesto, las presiones internacionales, sobre todo las de los gobiernos de países que más efectos sobre sus realidades pueden tener las decisiones abusivas de los tiranos. La migración irrefrenable que viene provocando el desvergonzado régimen, que cuenta ya con la expulsión de la tercera parte de su población desde que el comunismo de corte militar se lo tomó, provocará aún más éxodo hacia sus vecinos, singularmente sobre Colombia.

Sorprende la alegría que en algunos colombianos, supuestamente bien informados, despertó la noticia del mendaz triunfo de Maduro en estas elecciones; de nada han servido los testimonios de tantas familias venezolanas martirizadas, separadas y humilladas, que peregrinan por nuestros suelos en espera de acogida y de oportunidades de trabajo que su nación, otrora la más rica por estos lares, les niega. Ese afán de no ver o reconocer las evidencias, por razones estrictamente ligadas a las convicciones políticas propias, vuelve a enseñar que para no pocas personas es más importante la ideología que la realidad.

Ya sabemos que al régimen de Maduro le tiene sin cuidado que el mundo sepa que su elección es producto de un fraude y que está dispuesto a hacer lo que fuere necesario para preservar un poder que necesita, con el fin de evitar su inevitable condena por la justicia.

Se valoran los esfuerzos internacionales para buscar una negociación dirigida a que desista de su pretensión de consolidar la dictadura, que por años ha venido negando, y para reducir el nivel de daño que le inflija al pueblo que sale a protestar por la traición a su voluntad soberana. Pero se incurre en una profunda ingenuidad, en algunos casos cómplice, si se cree que, sin una eficiente y contundente presión contra las cabezas del régimen, puede haber algún atisbo de voluntad para respetar la decisión popular.

Por el contrario, cualquier ventaja que se les dé, incluida las posiciones confusas como las cometidas por la errática diplomacia colombiana, no hará sino consolidar otra dictadura en América Latina, sistema político-militar que es bien visto por países a los que se abrazarán Maduro y sus adláteres, y que sabrán aprovechar con otro aliado que consolide más autoritarismos contemporáneos, como oposición a lo que representa la democracia liberal, venida a menos incluso en Occidente.

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