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Editorial

Contaminación en Barú

“¿Qué futuro sensato puede esperarle a Playa Blanca si sigue corriendo la suerte frenética que allí se impone, en la que no hay ni dios ni ley...?”.

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En días recientes, la Corporación Autónoma Regional del Canal del Dique (Cardique) realizó una seria advertencia por la presencia de coliformes en muestras de agua extraídas de la ciénaga de Portonaito y Playa Blanca, en Barú.

La visita técnica, realizada en febrero 7, de la que se ejecutaron pruebas de laboratorio en Calidad Ambiental Marina (ICAM) para revisar si las aguas son aptas para contacto primario, arrojó resultados preocupantes para la salud del ecosistema, pues los técnicos encontraron indicios de contaminación microbiológica, así como la presencia de residuos sólidos, tanto ordinarios como peligrosos (incluyendo combustibles y aceites).

La consecuencia inmediata es el deterioro en los ecosistemas de manglar por la presencia continua de embarcaciones turísticas en la zona. Pero alerta que el hallazgo de tubería que sería utilizada para la descarga de aguas residuales domésticas provenientes de viviendas colindantes, así como zonas de bajamar en Playa Blanca, que podrían estar contribuyendo a procesos erosivos graves, amenazando los ciclos reproductivos de especies protegidas, como la tortuga carey.

Por supuesto, quienes sostienen los negocios turísticos en esas zonas no quieren ver el riesgo en que está puesto el disfrute recreativo de las playas.

Ha hecho bien Cardique al expedir el Auto 0096 de febrero 13, por el cual inicia indagación preliminar, sin perjuicio del llamado a la colaboración institucional para unir esfuerzos en la conservación de estos valiosos ecosistemas y en la implementación de medidas que aseguren el desarrollo sostenible de la región. Toda la comunidad que habita, o las personas que visitan Playa Blanca o la ciénaga de Portonaito por turismo o por trabajo, tendrían que sumarse a este compromiso de cuidado y preservación de estos espacios benditos por la naturaleza.

Playa Blanca, como aquí se ha dicho antes, es la prueba fehaciente del fracaso ambiental de un destino hecho sin planeación alguna. En ese otrora paradisíaco lugar se ha permitido hacer y deshacer sin control alguno. Por el confuso diseño o interpretación errónea de una mal entendida autonomía étnica, se ha dejado que a los nativos, que nunca concibieron convertir a Playa Blanca en lo que es, compartieran con extranjeros que, contra toda norma, convirtieron una playa en espacio de urbanización incluso con hostales en donde se pernocta, sin haber tramitado permiso o licencia de construcción, y contra toda regulación de disposición de desechos o desperdicios.

¿Qué futuro sensato puede esperarle a Playa Blanca si sigue corriendo la suerte frenética que allí se impone, en la que no hay ni dios ni ley, y en la que foráneos deciden qué se hace o no se hace allí?

Igual destino está comenzando a correr la ciénaga de Portonaito, en donde el Estado también parece que tiene la firme intención de dejar a su suerte.

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