En su reciente artículo, nuestro columnista Simón Gaviria se refirió a las oportunidades que para el empresariado colombiano significa la reconstrucción de Venezuela, lo que para él se perfila como la mayor oportunidad económica de nuestra generación. En su opinión, que compartimos, para Colombia, recuperar este mercado no es opcional: es la vía hacia una reindustrialización profunda.
Tras una década de ausencia, el país tiene la ventaja de ser el proveedor natural de insumos gracias a su capacidad instalada en sectores críticos como acero, cemento, alimentos procesados y farmacéuticos.
Simón Gaviria destaca que el potencial es masivo, con inversiones proyectadas superiores a los 150 mil millones de dólares en energía solo en los primeros 30 meses. Colombia no solo ofrece cercanía geográfica, sino un conocimiento previo del ecosistema empresarial venezolano que otros competidores internacionales no poseen. Sin embargo, para escalar el comercio bilateral (que podría superar los 1.600 millones de dólares en 2026), se requieren decisiones estratégicas urgentes, siendo el principal obstáculo la arquitectura financiera, en tanto que sin mecanismos de pago estables, seguros de crédito y una logística fronteriza moderna, el crecimiento será limitado.
A este potencial se suma el riesgo inherente a la debilidad institucional. La inestabilidad macroeconómica y la fragilidad democrática exigen que las empresas colombianas sean más sofisticadas, con una gestión activa de riesgos y un monitoreo estricto de sanciones internacionales.
Ante todo esto, agregamos que existe un aspecto fundamental que condiciona la participación de inversionistas y empresas a nivel global, incluidas las de mayor envergadura: la garantía de seguridad jurídica y la seguridad personal.
Es que en el contexto actual, dichas condiciones no se encuentran plenamente consolidadas, lo que limita significativamente el interés y la confianza de los actores económicos internacionales; sin estos elementos, resulta complejo avanzar en procesos sostenibles de inversión y crecimiento empresarial.
A lo anterior se suma la influencia del entorno geopolítico, donde la atención de potencias como EE. UU. se ha enfocado en otros escenarios, relegando parcialmente la situación venezolana, pese a su relevancia estratégica, especialmente en el ámbito energético.
Podemos imaginar a nuestros empresarios evaluando la estructuración de nuevas iniciativas, dadas todas las dudas que el entorno aún ofrece en cuanto a condiciones adecuadas para apostarle a grandes inversiones en un país inestable. Adicionalmente, factores como la corrupción incrementan las dificultades operativas, pues suscita presiones significativas que afectan la estabilidad de cualquier actividad económica.
