La primera vuelta presidencial, que cerró con el candidato oficialista superado por un outsider de derecha, evidencia tres realidades contundentes a las que se han referido diversos analistas.
Por un lado, el agotamiento del centro político, encarnado principalmente por Sergio Fajardo; por el otro, los límites estructurales de las bases de la izquierda y una mutación drástica en la derecha, en tanto que el uribismo clásico fue sustituido por un mensaje conservador, urbano y mediático, alineado con fenómenos globales como los de Trump, Milei o Bukele.
Por su parte, la campaña de Iván Cepeda demostró la insuficiencia de basarse solo en el dogmatismo de izquierda. Aunque logró votaciones históricas en las regiones periféricas y más rezagadas del país (Caribe y Pacífico), no movilizó el voto abstencionista. Persiste una división territorial y socioeconómica en la que el establecimiento u oficialismo domina en zonas con alta informalidad y abandono estatal, lo que algunos califican como ‘trampa de la pobreza neomarxista’, basada en subsidios insostenibles. En contraste, Abelardo De la Espriella arrasó en los centros urbanos y andinos, de mayor desarrollo relativo.
El estilo adusto de Cepeda y el lastre de la polarización gubernamental, que lo pone como dependiente de lo que indique el presidente, limita su crecimiento. Su coherencia ahora queda cuestionada al exigir debates para la segunda vuelta tras haberlos evadido en la primera, alegando “manipulación mediática”. En la antesala del balotaje, el debate programático ha sido reemplazado por descalificaciones y acusaciones de fraude hacia la Registraduría, dejando la estabilidad democrática en manos de los contrapesos institucionales de las Cortes y un Congreso fragmentado.
La victoria de De la Espriella, que agita una retórica antisistema y antiestablecimiento, depende de convencer a los votantes de centro y centro izquierda, y las maquinarias de los partidos tradicionales, unidos ante la necesidad de atajar al Pacto Histórico.
Este escenario local no es un hecho aislado, sino el reflejo de una transformación global analizada por autores como Fareed Zakaria y Joaquín Estefanía. El fin de la pax americana, el ascenso de China y la revolución digital han destruido la ilusión de un nuevo orden mundial armónico que se pregonaba en los años noventa. En esta era revolucionaria, el éxito electoral ya no se define por la solidez de la doctrina partidista o el rigor técnico de las políticas públicas, sino por la capacidad de los liderazgos personalistas para canalizar de forma masiva los agravios, el espectáculo, la rabia y el miedo de las comunidades ante el desorden global.
La esperanza radica entonces en que el próximo presidente asuma el deber constitucional y personal de encarnar la unidad nacional, despreciada sin pudor por el actual mandatario.
