“Respecto del editorial en que el periódico habló de invasiones, toca proceder, así como el alcalde despejó Chambacú, en toda esa zona en frente de La Boquilla en la que no se ha hecho sino talar manglares. Deben colocar una malla para evitar que lo sigan haciendo”.
La inquietud de uno de nuestros lectores captura la indignación ciudadana frente a la depredación silenciosa que sufre la zona norte de Cartagena. Su llamado no es menor, pues exige extender la contundencia de la recuperación del espacio público a un ecosistema tan frágil y estratégico de la ciudad.
La comparación con Chambacú es inesperada, pero necesaria. Aquella recuperación urbanística en el mismo corazón de la ciudad demostró que, cuando existe voluntad política y articulación institucional, el Distrito es capaz de restablecer el orden. Sin embargo, la invasión en los bordes de la Ciénaga de la Virgen y La Boquilla plantea un reto de mayor envergadura. Aquí no solo se ocupa el espacio público; se cercena un patrimonio ecológico vital para la protección costera, la biodiversidad y la mitigación del cambio climático.
El escenario en La Boquilla revela la sofisticación del delito ambiental. Ya no hablamos solo de asentamientos precarios, sino de verdaderas redes de loteo ilegal que rellenan el agua, talan hectáreas de manglar e instalan servicios públicos informales, incluyendo conexiones fraudulentas a la red eléctrica. Que una invasión sobre un ecosistema protegido cuente con infraestructura de energía evidencia una alarmante falta de control institucional y una complicidad que debe ser investigada y sancionada con rigurosidad.
La propuesta del lector de instalar cerramientos perimetrales o mallas tras el despeje es una solución pragmática para cortar el ciclo de reocupación. No obstante, al tratarse de un entorno acuático e hidrológico activo, cualquier barrera física debe ser planificada con rigor técnico para no alterar el flujo de las mareas ni ahogar el ecosistema que se pretende proteger. La delimitación precisa de la línea de marea por parte de la Dimar sería un paso para fijar una frontera imprevista e infranqueable, sumado a la dura sanción contra quienes contribuyen, de alguna manera, con los rellenos irregulares.
La recuperación ambiental de La Boquilla exige una gran alianza institucional; la contundencia operativa de la Alcaldía, el control de servicios por parte de Afinia, la acción punitiva de la Fiscalía Ambiental y la restauración ecológica a cargo de Cardique o el EPA son posibles si la alianza entre estas instituciones es fuerte.
Salvar los manglares de la zona norte no es un capricho estético ni una disputa territorial urbana; es una acción de supervivencia costera. Por eso, es hora de llevar la autoridad que recuperó Chambacú, a la línea de manglar antes de que el cemento informal termine por devorar esa gran barrera natural.
“Salvar los manglares de la zona norte no es un capricho estético ni una disputa territorial urbana; es una acción de supervivencia costera. Por eso, es hora de llevar la autoridad que recuperó Chambacú, a la línea de manglar antes de que el cemento informal termine por devorar esa gran barrera natural”.
