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Editorial

El 11-S: lecciones y retos

“La amenaza ya no reside principalmente en complejas conspiraciones transnacionales de alto costo, sino en la democratización del terror, con tácticas de bajo costo y alto impacto mediático...”.

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Un cuarto de siglo después de que las imágenes del World Trade Center redefinieran la geopolítica global, la memoria del 11 de septiembre de 2001 pide trascender la conmemoración dolorosa para examinar sus lecciones aprendidas y los desafíos pendientes.

Aquel fatídico martes no sólo derribó la ilusión de una hegemonía estadounidense pacífica tras la Guerra Fría; también inauguró un complejo capítulo de intervenciones militares, dilemas morales y reestructuraciones de la seguridad mundial.

La ‘guerra contra el terror’ lanzada por la administración de George W. Bush arrojó un balance profundamente ambivalente. Aunque las reformas institucionales y el fortalecimiento de la inteligencia blindaron al territorio estadounidense de un ataque de similar magnitud, los costos humanos y estratégicos fueron devastadores.

Las intervenciones en Afganistán e Irak expusieron los límites del poder militar para reconstruir naciones y sofocar el extremismo. La vertiginosa y caótica retirada de Kabul en 2021 proyectó imágenes de debilidad que reconfiguraron la percepción de la capacidad de disuasión de las potencias occidentales. Paralelamente, la respuesta de seguridad conllevó graves excesos éticos y vacíos legales -la prisión de Guantánamo, detenciones clandestinas, etc.-, que erosionaron la estatura moral de las democracias y sirvieron como herramienta de propaganda para el reclutamiento extremista.

En la prensa especializada de EE. UU. se subraya con contundencia una lección central: la efectividad antiterrorista pierde toda efectividad y legitimidad cuando se sacrifica el apego al Derecho Internacional y los DD.HH.

Pero la naturaleza del terrorismo ha evolucionado. La amenaza ya no reside principalmente en complejas conspiraciones transnacionales de alto costo, sino en la democratización del terror, con tácticas de bajo costo y alto impacto mediático, células reticulares en el Sahel o el sureste asiático, y la radicalización digital. Ante esta metamorfosis, el uso de herramientas avanzadas como la IA promete anticipar patrones de riesgo; sin embargo, analistas advierten sobre el peligro de ‘diluir’ la definición de terrorismo, al instrumentalizarla para fines de polarización política o combate al crimen común. Desviar recursos e inteligencia hacia sesgos ideológicos debilita la prevención efectiva.

El 11-S enseñó que el aislacionismo no es una opción en un mundo interconectado, pero tampoco lo es el intervencionismo desmedido. El verdadero desafío radica en mantener una vigilancia estratégica adaptable a las nuevas tecnologías y dinámicas globales, respaldada por la cooperación multilateral y el respeto estricto a las libertades democráticas. Olvidar estas lecciones significaría quedar vulnerables ante las impredecibles transformaciones del extremismo en el siglo XXI.

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