Editorial


El calentamiento global demanda acciones locales

Casi todo el tiempo nos estamos quejando en el tercer mundo, especialmente en América Latina, por la enorme cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero que tienen los países industrializados, que nos estamos olvidando del peligro que encaramos de duplicar a mediados de siglo nuestras propias emisiones, si seguimos con las actuales prácticas.
Un reciente estudio realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Cepal y el Fondo Mundial para la Naturaleza, revela los enormes perjuicios que sufriremos por cuenta del calentamiento global y los desorbitados costos que esto tendrá en las finanzas de los países de la región.
Muchas de las naciones latinoamericanas quieren atribuirle toda la responsabilidad al mundo desarrollado, sin reconocer que actualmente estamos produciendo el 11 por ciento de las emisiones causantes del efecto invernadero y que en 2050, según cifras reveladas en el informe del BID, aportaremos 9,3 toneladas de gases efecto invernadero por habitante, casi el doble de las 4,7 toneladas que emitimos hoy en día, a menos que se modifiquen radicalmente las actuales prácticas productivas y de vida cotidiana.
Además de la actividad industrial, otras acciones cotidianas del hombre producen una emisión significativa hacia la atmósfera de gases de efecto invernadero, algunos de los cuales tienen una larga vida y terminan distribuyéndose por todo el planeta, influyendo muy fuerte sobre el clima global.
El informe con los resultados del estudio explica que América Latina es más vulnerable al cambio climático, porque sus países dependen económicamente de las exportaciones de recursos naturales, porque la red de infraestructura es especialmente sensible a los fenómenos climáticos y porque existen áreas bioclimáticas críticas y sensibles como el bioma coralino del Caribe y los humedales costeros, donde ciudades como Cartagena pueden sufrir desastres devastadores.
También revela el estudio que la temperatura ha aumentado dos grados centígrados, provocando desórdenes en la agricultura, la mayor exposición a enfermedades tropicales y cambios impredecibles en los patrones de las precipitaciones pluviales, una realidad que en la Costa Caribe vivimos en carne propia con martirizadora crudeza.
En medio del preocupante panorama que revela el informe, también hay una luz de esperanza, pues según los cálculos de los investigadores, los costos de adaptación al cambio climático constituyen una pequeña fracción de los costos de los impactos materiales, estimados en forma conservadora en 0,2 por ciento del PIB de la región a valores actuales.
Estas acciones de adaptación son ineludibles y pueden tener beneficios significativos en materia de desarrollo, desde seguridad alimentaria hasta mejoramiento de la calidad del aire y la reducción de la congestión vehicular, reduciendo el costo neto de estas actividades.
Muchas de las acciones necesarias deben aplicarse en el ámbito local, por lo que es preciso en el caso de Cartagena, que el Gobierno distrital, las universidades, los gremios industrial y empresarial, los dirigentes políticos y comunales, y la comunidad empiecen por enterarse del estudio mencionado y comiencen a pensar en estrategias de barrio y de ciudad para adaptarnos a los efectos locales de este fenómeno global.

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