Editorial


Una mujer para la historia

“La sin par Angela Merkel entrega el cargo de canciller luego de cuatro periodos sucesivos de control del país que viene marcando el destino de Europa (...)”.

EL UNIVERSAL

27 de septiembre de 2021 12:00 AM

Alemania y la Unión Europea se privan de una persona excepcional, que se erigió como la mujer más poderosa e influyente en lo que va corrido de este enrevesado siglo.

La sin par Angela Merkel entrega el cargo de canciller luego de cuatro periodos sucesivos de control del país que viene marcando el destino de Europa, aún contra el deseo de buena parte de los integrantes de esa ecléctica unión de naciones, a la que, gracias a su liderazgo, ni siquiera la conmoción del Brexit logró desestabilizar.

La Merkel estaba allí precisamente para conferirle a la alianza de un continente envejecido, que rumia de su pasado, pero que no ha sabido adaptarse a los ritmos de una nueva era, la estabilidad necesaria, que fue su mayor virtud para sortear en estos largos 16 años de mandato alemán, crisis tan severas como las del euro en 2010, provocada por el desplome bancario en EE. UU.; o la de Rusia y Ucrania en 2013; la del propio Brexit iniciada en 2016; la de la migración masiva, que no se detiene; o la de la pérdida sostenida de creyentes en medio de la irrupción irrefrenable del islam en su país y el continente, lo que ha despertado peligrosos sentimientos xenóbos y el retorno de la ultraderecha.

Pero todos esos momentos los capoteó la canciller con una sobriedad y templanza que hoy hacen suspirar a su pueblo y a toda Europa, por la pérdida que supone no contar con una líder de semejante estatura moral, intelectual y pragmatismo, que marcó, con su enorme capacidad de conciliación, una forma de abordar las relaciones internacionales que rivalizaron con la soberbia de otros gobernantes empeñados en llevar a sus pueblos, y al mundo, a los límites del odio y la desafección.

Ni siquiera los claroscuros de su gestión logran empañar su legado de dignidad y pulcritud en el manejo de las cosas del Estado y, singularmente, de sus presupuestos, que no vieron mancillar sus manos con la podredumbre de la corrupción, pues pasa al retiro voluntario sin una mácula que le endilgue ese pecado natural que acompaña a los políticos mezquinos, que es la codicia por los recursos oficiales, pues ni siquiera los escándalos que han azotado a su partido han rozado el prestigio incólume de la canciller.

En una época donde los likes y la vulgaridad son más populares que la admiración por la eficiencia y los resultados, la Merkel fue todo lo contrario de una personalidad disruptiva; su don de gentes, sus buenas maneras, su autocontrol y determinación, cautivó a una nación que nunca la conoció como mujer carismática, que no lo es, con lo cual su pueblo la acogió, no como a la novia que la estética contemporánea quiere vender de la mujer exitosa, sino como a la dama que mantiene el control y provee seguridad y paz frente a cualquier circunstancia, y que no teme llorar en público cuando es absolutamente necesario.

Envidia de la buena; eso sienten las naciones que aún no han visto reinar a su Ángela Merkel.

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