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Cristofer, el venezolano que logró emerger con la natación

El primer trabajo que consiguió en Cartagena fue como cotero en una empresa de albañilería. Ahora disfruta del arte de enseñar a nadar en mar abierto.

Cristofer, el venezolano que logró emerger con la natación

Cristofer González (de buzo azul en el centro) junto a nadadores de Cartagena. //Foto: Cortesía

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Hace 30 años en Caracas (Venezuela) nació Cristofer González. La vida entera de este joven venezolano transcurrió en ese país, hasta que el destino le deparó otros lares.

El 17 de septiembre de 2017 arribó a las calurosas tierras de Cartagena. Fue su renacer. Llegó a esta capital luego de atravesar trochas que lo condujeron a Maicao, en La Guajira.

Su meta era buscar un mejor vivir para él, su esposa y su pequeño hijo; y pensando en ello, su idea era migrar a España, pero un bloqueo en su pasaporte le cambió los planes. También te podría interesar: El periódico ‘Pa’lante, chamos y chamas’ llega a los barrios de Cartagena.

Una nueva vida

En la ciudad del ‘Libertador’ Simón Bolívar, Cristofer trabajaba como preparador físico y de natación para una entidad gubernamental, pero cansado por no proveer a su familia lo que ellos merecían, por la crisis política y económica de su país, decidió migrar. Lo más difícil del viaje fue el temor a que la guardia venezolana lo retuviera por no tener documentos para salir del país, sin embargo esto no pasó.

Días después de arribar a Cartagena, llegaron su esposa y su pequeño hijo, quienes tenían sus pasaportes en regla. Con la idea de comenzar una nueva vida, Cristofer buscó formas de ganarse la vida. Su primer trabajo fue como cotero en una empresa de albañilería. Solo 15 días duró laborando porque, a falta de documentación, fue imposible su contratación regular.

No obstante, gracias a su personalidad, que lo ayuda a cultivar buenas amistades, un amigo cartagenero le recomendó ir al Complejo Acuático ‘Jaime González Johnson’, donde practican nado sincronizado, clavados, natación y waterpolo.

Cristofer llegó con la ilusión de hacer lo que tanto le apasiona, entregó la hoja de vida y se devolvió con la desilusión de la noticia que recibió. Al parece no podría trabajar en ese sitio.

Sin embargo, como todo un milagro, un viernes recibió una llamada que cambió su situación laboral: el sábado en la mañana lo necesitaban a primera hora para una prueba.

Su primer grupo para entrenar fueron siete estudiantes de una universidad de la ciudad. A ellos les gustó su pedagogía y le programaron una hora de clases semanal, que a la siguiente semana se convirtieron en dos. Luego, entró en el grupo de profesores de sábados y domingos, y le dieron un grupo de trabajadores de dos empresas de la ciudad.

Como recompensa a su disciplina lo promovieron a coordinador de natación de la Liga de Bolívar, cargo en el que duró tres meses. Él mismo desistió consciente de que para desempeñar esa labor necesitaba contactos, de los cuales carecía, y le convenía, económicamente, trabajar como profesor y no como coordinador.

Al año y cinco meses de trabajar en Complejo Acuático, la Liga de Bolívar finalizó su contratación. Y Cristofer se sumergió en la nueva búsqueda de trabajo.

La señora Ana, quien fue su jefa durante ese tiempo, le ayudó a conseguir clientes para que dictara clases particulares y, montado en una bicicleta, recorrió cada rincón de Cartagena.

Reinventarse para sobrevivir

Entre clases y clases, conoció a Miguel Rozo, un mayor retirado de la Armada, que necesitaba preparar su participación en Iroman. Cristofer lo entrenó en aguas abiertas y este fue otro punto crucial en su historia. Miguel se volvió tan cercano a Cristofer que le cumplió el sueño de hacer un curso de buceo.

Después de eso, el venezolano se animó a dar las clases de natación en aguas abiertas, empezando con cinco alumnos, pero la pandemia del Covid-19 lo obligó a suspender esta actividad. “Cuando uno es cabeza de familia y no está haciendo nada, se desespera”, manifiesta.

Tras la pandemia, consiguió un permiso del IDER lo que le permitió retomar sus clases en el mar. Pasó de cinco estudiantes a 17 y volvió a dar clases a la Liga de Bolívar. En Castillogrande encontró una ‘piscina’ en el mar, sin el intenso oleaje que le permite a sus estudiantes aprender la técnica y adquirir una mejor experiencia.

Así comenzó el Club de Aguas Abiertas Tiburones Cartagena, como él lo llama, su emprendimiento con el que ha participado en competencias nacionales. Está orgulloso de lo que ha conformado y está agradecido con la ciudad por tratarlo tan bien. Hoy, tras muchos traspiés, la vida le sonríe.

Lleno de esperanzas

Cristofer espera seguir construyendo una vida en La Heroica y desea que las puertas laborales se le abran a su esposa, para que pueda desempeñarse como enfermera. Su familia creció, ya no son tres, sino cinco, con sus mellizas cartageneras que hoy tienen 3 años.

Venezuela la extraña, pero afirma que no regresará a su país, después de la vida que ha construido y sigue construyendo, resultado, como dice él, de la constancia y la disciplina. Lee también: Si eres mujer migrante, retornada o colombiana, esta invitación es para ti

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