El agradecimiento que Aleriz Condez siente hacia Cartagena se nota plenamente en sus palabras, pues no existe reproche alguno hacia la ciudad que la ha visto renacer. Pese a que aquí vivió situaciones extremadamente difíciles, no siente más que gratitud con todas aquellas personas que le tendieron la mano para decirle:¡Sí, es posible, no desfallezcas!
En la ciudad de Coro, donde residía en Venezuela, esta mujer era propietaria de un taller de modistería con el que subsistía. Cuando su vida cambió, porque apremiaban las necesidades en su país, viajó a Colombia. Lea también: Encontró una forma de salir adelante en el arte con moriche.
“Fue un viaje complejo, porque pasé la frontera por la trocha. Los que me transportaban me decían que si uno de los tipos que nos encontrábamos en el camino se enamoraba de mí, me tenían que dejar ahí y ellos no podían hacer nada. Me encomendé a Dios y gracias a Él no pasó nada”, recuerda.
Motivada por una amiga residente en Cartagena, llegó a esta ciudad. “El carro me dejó en una dirección que no era, a la 1 de la madrugada. Tuve que caminar hasta que logré dar con la dirección, porque no llevaba teléfono ni nada. Recuerdo bien que llegué aquí el 11 de noviembre de 2019, estaban en fiestas, yo no sabía ni qué era eso. Me tocó ir hasta el Centro a buscar trabajo y, por fortuna, al segundo día, me dieron la oportunidad de trabajar en un taller de modistería”, narra.
Todo marchaba en orden hasta que el mundo entero fue sacudido por el coronavirus. “Se presentó la pandemia en marzo de 2020 y tuvieron que cerrar el local. Fue duro, me fue duro en la pandemia”, recuerda.
Cuando el hambre apremia
“Con sacrificio y haciendo las cosas bien a uno le va bien, se consigue gente buena que te ayuda. Aquí, en Cartagena, no me puedo quejar y estoy muy agradecida con todas las personas que me han ayudado de corazón”, explica.
Cuando comenzó la cuarentena, Aleriz vivía sola. Perdió su empleó. No tenía a nadie más que a su amiga y algunos conocidos. “La jefa donde trabajaba en el taller me colaboró con un mercado y otras personas también me ayudaron”, comenta.
Sin embargo, llegó un momento en que la crisis se agudizó y buscó una forma de sobrevivir ante el hambre. “Recuerdo un domingo que yo tenía hambre, tenía ganas de tomarme así sea un jugo y no tenía ni 100 pesos en el bolsillo. Entonces fui a una tiendita vecina y le dije al dueño que me fiara azúcar y café y, encomendándome a Dios, salí a vender café en un termo que tenía. Era la primera vez que yo salía a vender a la calle. Tuve muchos inconvenientes con la Policía, porque me paraban, yo les explicaba que si no vendía tintos no comía y me dejaban seguir”, dice. Lea también: Aumento del 18 % en las peticiones de asilo en México, en 2023.
Más manos amigas
Contrario a desfallecer, Aleriz continuó en la lucha y, vendiendo café en las calles de Cartagena, también se encontró con muchas manos amigas.
“Otras personas me regalaron que si un paquete de café, un kilo de azúcar y así, para ayudarme. Me permitieron quedarme aquí, a vender con una mesita pequeñita que me habían regalado porque yo no tenía nada, ni en el cuarto donde estaba viviendo tenía algo”, agrega.
El lugar del que habla es una terraza del barrio San Isidro donde ofrece café y otros productos, en un pequeño negocio que ha ido creciendo con el tiempo y que espera potenciar.
“Gracias a Dios pude traerme a mis dos hijos que se habían quedado en Venezuela. Luego me traje a mi mamá y a mi hermana”, comenta.
“Recién llegada aquí, me encontré con gente mala, intentaron robarme, los termos también intentaron robármelos, pero un señor lo evitó. Sin embargo, es mucha más la gente buena y, de verdad, estoy agradecida con Cartagena. En el puesto donde estoy, gracias a Dios, el dueño del espacio no me cobra por estar en ese sitio, le agradezco siempre por eso. Tengo bastante clientela, por mi manera de ser soy muy conocida aquí como ‘La Condeza’, porque así se llama mi puesto de ventas”, explica.
“Mi idea es ahorrar para lograr comprarme algo propio y tener mi propio local. Con eso es lo que sueño. Mucha gente se sorprende cuando me ve con esta cafetería pequeña porque comencé solo con un termo de café”, sostiene la venezolana.
