Martha, como llamaremos a la protagonista de esta historia, llegó a Cartagena por cosas del destino. Debía pasar una semana, máximo dos, para hacerle un favor a un familiar y luego regresar a su natal Venezuela. También le puede interesar: Cuerpos que luchan y almas que resisten: el calvario de una víctima de trata
Sin embargo, sus planes de volver se hicieron trizas con el tiempo, debido una seguidilla de sucesos que imposibilitaron su retorno a su país. Hoy vive un infierno.
Desde su llegada a la ciudad han pasado más de cuatro años. El hilo de acontecimientos que la mantienen aquí comenzó cuando una hermana, la persona que le prometió su pasaje de regreso al país vecino, le falló.
Luego, después de un tiempo, esa misma hermana, que le daba alojo, la echó a la calle y ella tuvo que buscar una forma de ganarse la vida. Siempre rechazó la opción que le sugerían vender su cuerpo.
“No venía a quedarme. Me quedé en su casa y yo le ayudaba en los oficios del hogar. Después me agarró como la empleada del servicio porque yo era la que tenía que atender todo. No tenía cómo devolverme y entonces ahí fue cuando entré en un trauma, porque me quería ir y no podía. Mi familiar me dijo que me rebuscara con los hombres que les gustaban las venezolanas, pero yo no soy de eso. La verdad es que lo pensé bastante. Casi lo hago, me cité con hombres para hacerlo, pero no pasó. A mí no me da el cuerpo para eso”, cuenta.
También estuvo a punto de caer en una red de prostitución, pero el mismo destino se encargó de salvarla. “Un hombre llegó buscando mujeres venezolanas para trabajar y me anoté en la lista. Otro señor me alertó de que eso era mentira y me enteré que era para secuestrar a las mujeres. No entendía por qué me querían a mí, si yo no soy tan joven, ni tan bonita. Después supe que al hombre lo capturaron”, recuerda. También te puede interesar: Migración y VIH: pruebas y tratamientos gratis
Un maltratador, su calvario
En Cartagena, la familia de Martha no podía brindarle mayor apoyo, no tenía casa, tampoco a dónde ir, así que, narra, se vio forzada a tomar una decisión que hoy lamenta y de la que no ha podido escapar, pese a sus intentos. “Mi hermana me dijo que no me podían tener más en su casa. Pasé muchas cosas, nadie me daba trabajo”, explica.
Conoció a un hombre que se ha convertido en el mayor temor de su vida.
“Ese señor me propuso que me fuera a vivir con él. Le respondí que yo no quería tener marido. Quería trabajar par irme a Venezuela. Él dijo que solo sería para que lavara y cocinara, porque él vivía solo, que yo no iba a ser su pareja, pero finalmente no fue así”, añade.
“Al final pensé que para estar con uno y con el otro, mejor aceptaba la propuesta de este señor de vivir con él, creyendo que todo iba a ser bonito, pero no lo conocía, no sabía realmente cómo era él”, agrega.
Días y noches de suplicio
Con el paso de los días fue conociendo la verdadera personalidad del que se había convertido en su pareja.
“Era tranquilo. Me daba todo, pero no podía salir ni hablar con nadie. Me quería tener para él, como un trofeo: una venezolana. Cada vez que se ponía a tomar alcohol, me agredía y hablaba mal. Porque yo vengo de otro país, decía tenía que aceptar todo, porque si no a la calle iba a dar. Y seguí aguantando y aguantando... Todavía estoy viviendo eso”, cuenta. “Esos días que el toma alcohol, para mí son un trauma, tengo que esconder los cuchillos, los palos, algo con lo que vaya a hacerme daño. Cuando él llega borracho ya no duermo, tengo que amanecer con los ojos hinchados pendiente de todo. Una vez intentó apuñalarme. Otra vez, llegó y me dijo que me iba a matar y pasé toda la noche despierta”, explica. Martha, aunque se ha marchado, también ha tenido que regresar al mismo lugar que comparte con su maltratador. “No tengo trabajo, no tengo ni un abanico, no tengo una colchoneta donde dormir, no tengo nada, me ha tocado volver. Quiero vivir tranquila, sola, sin tener pareja; siento que a mi edad ya no estoy para estar corriendo y en zozobra. Quiero ser libre y quitarme esa cadena que me pesa. A veces me ha provocado acabar con mi vida, pero le he pedido perdón a Dios por eso, sé que no está bien”, comenta Martha.
Ahora, solo espera que el destino, que tanto ha conspirado en su contra, le depare una vida en la que pueda ser feliz y recuperar las ganas de salir adelante, que ha perdido con el horror que vive a diario.
“Quisiera trabajar y tener un cuarto para vivir sola, aunque sea pequeño, para no estar dependiendo de ningún hombre, porque no es fácil. Él se despierta en la madrugada a mirarme, yo me despierto y le digo: ‘Qué me miras, por qué me estás mirando’. Me ha agarrado mi teléfono cuando está borracho y se lo lleva. Dice que ningún hombre se va a fijar en mí, que es el único que me va querer en la vida. Que nadie me va a aceptar”, sostiene la mujer venezolana que sueña todos los días con su libertad.
