Pa’lante chamos y chamas


La historia de Angelina Sardi y un nuevo comienzo en Cartagena

Ese día, en la madrugada, como si estuviera escapando y sin nada de dinero, Angelina salió de su tierra e inició su travesía en Colombia.

Es una travesía que aún no termina. Aún cuando ya está establecida en Cartagena hay sentimientos que deben encontrar su orden en el tiempo para poder superar del todo aquel desarraigo propio que sufren quienes migran no queriendo hacerlo.

Angelina Sardi Mirto todavía recuerda como si fuera ayer aquella madrugada de un abril funesto, en 2017, cuando se desprendieron de unas vidas entumecidas por una cruda realidad en las que, como ella menciona, se acostumbraron a “normalizar” lo que sucedía en su país, y de la que fue más consiente ya fuera de él. Tomó a sus hijos en brazos y partió a un rumbo incierto.

Angelina es de ese tipo de mujeres guerreras y valientes. Su fuerza viene de su corazón luchador, pero también de una estirpe que comenzó con su padre, un entrenador físico, cuya fama desbordó los límites de Maracaibo, hacia toda Venezuela y otros países.

“Él llegó a ser una persona muy conocida, entrenó a muchos deportistas y fundó el primer gimnasio del Estado, llamado Levi Páez. Prosperó y todo eso cobijó a sus hijos, somos siete en total”, explica.

“Llevó a sus alumnos a campeonatos internacionales y ahí llegó a conocer a iconos del fisiculturismo, como los hermanos Mike y Ray Mentzer, que estaba detrás de personajes como Arnold Schwarzenegger. A partir de eso mi nombre era conocido y tenía frecuentemente masas de personas para entrenar y entrábamos a personajes famosos de la televisión”, narra.

Sin embargo, cuando Venezuela cayó en crisis sus hermanos, también dedicados al deporte, empezaron a marcharse.

“Uno se adapta a lo malo y no se da cuenta de lo que está viviendo. Ya nos habíamos adaptado al encierro, a que trabajamos poquitas horas por temor a salir de noche. No comprábamos zapatos, ni ropa, porque no nos atrevíamos a gastarnos el dinero de la comida en eso. La misma ropa de hace diez años que teníamos era la que usábamos; transmitíamos la ropa de generación en generación y a eso nos acostumbramos. Fue Dios en realidad quien nos removió de allá”, recuerda y menciona que, en ese entonces, laboraba en el gimnasio de un hotel de una cadena internacional. También te podría interesar: Un café para compartir el poder de integrarse

La partida de casa

“Ese día, en la madrugada, como si estuviéramos escapando como fugitivos, sin nada de dinero, salimos”, narra Angelina. “Fue un viaje aterrador. Primero, mi hermano se vino en condiciones terribles, pasó mucha hambre y comía mangos de los árboles. Él reunió dinero para mandarnos a buscar”, añade.

“Yo le había dicho que en Venezuela estábamos bien, y él me respondió: ‘No están bien, están adaptados a lo malo’, y fue cuando decidí venirme”, sostiene. Llegaron a Cartagena, a una casa en el barrio Torices, sin muebles y sin camas. “Éramos doce, porque vinieron mis hermanos con sus hijos. Cinco niños y el resto adultos”, complementa.

Entonces, empezó a recorrer “calle por calle” para inspeccionar el terreno y ver dónde podía conseguir trabajo, encontrándose con la sorpresa de hallar en todos los lugares a donde acudía a compatriotas suyos, algo que le hizo dimensionar la magnitud de la migración venezolana.

“Comencé a trabajar de mesera, sintiendo el olor de la comida pero sin tener qué comer; fui seguridad de una discoteca y hacía cualquier trabajo honrado que surgiera. Perdimos mucho peso, pero siempre estábamos con mucho optimismo”

Angelina Sardi, migrante venezolana.

Hasta que se encontraron con un DJ de bodas llamado Daniel Mieles y su esposa, quienes les tendieron la mano. El DJ contactó al esposo de Angelina con el mundo de los eventos, donde comenzó a trabajar y, con ello, la situación de toda la familia mejoró.

“Me siento como en casa”

Angelina, por su parte, había tocado las puertas de Fitman, un gimnasio en el barrio Manga, sin obtener respuestas, hasta que un día se le presentó una oportunidad. “Un conocido me dijo que había una vacante para una suplencia. Fue allí donde conocí a Yesica Polo y Harold Marchena, quienes fueron mi ejemplo a seguir. Cuando me entrevistaron, me dijeron que no me querían como entrenadora sino como administradora”, relata.

Angelina se convirtió en la administradora y, luego, en un pilar sólido para evitar que ese sitio emblemático sucumbiera ante las deudas de la pandemia. Trabajó incansablemente y muchas veces sin sueldo para mantenerlo en pie. Ideó clases virtuales, alquileres de máquinas y cualquier estrategia que ayudara a solventar la crisis, hasta que salieron nuevamente a flote.

Desde entonces, Angelina se ha convertido en una entrenadora estimada y querida por clientes como Fredy Harel, Clara Acosta y Allison Vega. Ella es el alma de esa casona de Manga donde funciona el gimnasio y donde todos los días recibe a todos con una enorme sonrisa.

Hoy está feliz porque puede decir que se siente en casa, como en el gimnasio de su padre en Maracaibo. “Conseguir la paz ya no se trata de Colombia, no se trata de Cartagena, sino de recuperar y reestructurar el dolor que ha ocasionado toda esta situación política. Sí te voy a ser sincera, sé que lo vamos a conseguir”, asegura la mujer que continúa en esa travesía que supone la migración, externa e internamente. Lee también: La lucha contra el hambre lo trajo a Cartagena

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