Salud

El duelo de una madre: tras perder a Emilia salió el arcoíris

Ningún “pero” tiene sentido para quien pierde a un hijo. Stephanie transformó su dolor y hoy es madre de dos: un niño, y una niña en algún cósmico lugar.

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MÓNICA MEZA ALTAMAR
12 MAY 2023 - 06:47 PM

Stephanie se define como la mamá de Emilia Lucía en el cielo y de Héctor Gabriel en la Tierra, su “bebé” arcoíris de cinco años.

Con 20 años y en su último semestre de cosmetología, la cartagenera Stephanie Lucía Corcho Martínez se había casado siete meses atrás y estaba segura que antes que cualquier otra cosa quería ser mamá y quería serlo rápido para disfrutar a sus hijos como una madre joven.

En los primeros días de marzo de 2010 supo que ya lo era cuando vio dos rayitas rosas en un test de embarazo. “Vislumbré de inmediato una vida entera al lado de mi bebé. Después de una ecografía que lo reconfirmó, un carnaval de colores se pintó de inmediato en las paredes del otro cuarto, azul si es niño, rosa si es niña, de blanco o morado si no nos muestra el sexo... pero siguió pintado de aquel naranja chillón”, relata. Lea: Cómo abordar el duelo por la pérdida de un hijo no nacido

Y es que 26 semanas después sucedió lo que nunca imaginó. Por parto prematuro fue ingresada a una cesárea de emergencia y cuando despertó dos mujeres se le acercaron con una envoltura café.

Con cautela y recelo me la pusieron en los brazos, la abrí y ahí estaba el cuerpecito de Emilia”.

Stephanie Lucía.

De inmediato desentraña sus recuerdos: “Comencé a llorar. Las lágrimas no paraban de rodar por mis mejillas. Una tras otra corrían perdiéndose entre sábanas con sangre, mi sangre y su sangre, y con ellas mis sueños, mis anhelos, mis ilusiones, mis planes... Sus ojitos me miraban sin mirar, su carita no me sonreía como tantas veces lo soñé, sus manitos no se aferraban a mis manos... La abracé, la pegué a mi pecho y empecé a exigirle a Dios, al universo, a quien estuviera ahí, un milagro”.

“Después empecé a pedirle a ella, a besarla, a suplicarle que se despertara, que estaba con mami y todo iba a estar bien. La bese tanto, la toqué, la apreté, la acaricié, esperé y esperé su sonrisa para mí, oír su llanto, verla parpadear, y dejar atrás ese sueño terrorífico. Todavía no entiendo de qué manera me convencieron y tuve que entregarla, mientras me percataba de mi vientre plano, mis senos llenos de leche y mis manos vacías... Hubiera dado todo por habernos ido tres y no quedarnos dos”.

Agrega que al salir del quirófano la ubicaron en el piso de maternidad. “Desde mi cama podía escuchar el llanto de otros bebés y miraba cómo las otras mamás se pegaban a sus bebés en sus pechos para alimentarlos. Yo solo lloraba y pensaba en lo mala persona que era por sentirme tan mal con la felicidad que las demás irradiaban”.

Por primera, última y para siempre vez vistió de amarillo a su hija, Emilia Lucía.

El duelo

Stephanie expresa que tras la pérdida de su hija recibió muchas visitas. “Hoy aprovecho públicamente para agradecerles. Fue muy bonito sentir a tanta gente cerca pero yo me sentía sola, incomprendida. Mi dolor se mezclaba en el cuarto con el silencio de los demás o hablando de muchas cosas sin mencionar a mi hija. Todos hacían como si Emilia no hubiera existido, entonces no sentía ningún consuelo porque no podía llorar por alguien que no existió, a menos que estuviera sola o con mi esposo”.

Sobre qué no decir a quienes enfrentan la pérdida de un hijo, precisa: lo mismo que no debes decir a las personas que se les muere otro ser querido. Porque a quien se le muere su esposo no lo consuelas diciéndole: “no llores, ya tendrás más esposos”. Lea: La pérdida, ese duelo personal

Es un proceso tan delicado que, en ocasiones, ni siquiera los profesionales están aptos para gestionarlo.

Ella señala que dos meses después de su pérdida acudió a una cita con la psicóloga de su EPS. “Me preguntó qué me tenía tan triste. Le dije: no volver a ver a mi hija, y ella me preguntó, ¿pero, por qué? Continuó diciéndome que la vida sigue, que soy muy joven y bella y que ya vendrían más hijos. No recuerdo si le respondí o no. Solo recuerdo la rabia e impotencia que sentí. Me hizo sentir que no era válido sentirme como me estaba sintiendo. Fue horrible”.

Perder a un hijo duele, sea en un aborto inicial o tardío, en la panza o en los brazos.

Luego vinieron dos años en los que Stephanie entró “como en un hueco, como en otra dimensión. Sucedieron muchas cosas, ires y venires, y después comencé a trabajar en mi proceso, que fue muy difícil. En esto pasaron tres años más hasta que descubrí una red inmensa de madres con hijos en el cielo por las redes sociales y me uní a muchas de ellas”.

“Pero al menos no sufrió”. “Pero al menos no dio tiempo para amarlo”. “Pero al menos no vivió para sufrir”. “Pero al menos puedes tener otros hijos”. Las madres en duelo coinciden en haber recibido expresiones como estas a modo de consuelo. Para ellas ningún “pero al menos” tiene sentido. Perder a un hijo duele, sea en un aborto inicial o tardío, en la panza o en los brazos.

Salió el arcoíris

Stephanie notó que en Cartagena no existía una red de apoyo para mujeres como ella y decidió crearla. Entonces surgió Nelumbo, una fundación que se convirtió en su catarsis y con la cual ha ayudado a miles de personas a través de redes sociales y en algunas ocasiones de manera presencial. “Pero siempre queriendo hacer más”, añade.

Ahora reside en Estados Unidos y se define como la mamá de Emilia Lucía en el cielo y de Héctor Gabriel en la Tierra, su “bebé” arcoíris de cinco años.

“Después de vivir el duelo por mi hija y el proceso de criar a su hermano suelo sentir que me he vuelto atemporal de alguna manera. Dejé de medir el tiempo con el almanaque para medirlo con el corazón y sólo agradecer. Siempre agradeceré a mi hija Emilia por llegar a mi vida, por enseñarme que con el tiempo transcurrido no se puede hacer nada, que cada día es único, que cada minuto cuenta, que la tristeza y el dolor sí son motivadores, sí nos hacen mejorar, aprender, madurar... No son en vano”.

“Siempre agradeceré a mi hijo Héctor por enseñarme a ser una mejor persona para ser su ejemplo, que más importante que tener cosas es sentir cosas. Siempre agradeceré al amor mismo que me permitió entender que no necesito olvidar a mi Emilia para seguir mi vida, sino que mi vida sigue con ella, dentro de mi corazón por siempre. Y aunque mi realidad es que de mis dos hijos solo uno camina a mi lado, mi hija está permanentemente en mis pensamientos. Así como cuando su hermano se va a la escuela y sin importar lo que haga, con quien esté o el lugar en el que me encuentre, sé que tengo un hijo en la escuela, sé que tengo una hija en algún cósmico lugar”.

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