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Sucesos

Elugencio, el recluso de la Cárcel Gorgona que era inocente y terminó loco

El joven fue enviado a la temida cárcel y solo bastaron ocho meses para que perdiera la cordura. Un familiar, residente en Cartagena, contó su historia.

Elugencio, el recluso de la Cárcel Gorgona que era inocente y terminó loco

Cuentan que por las noches, en las viejas paredes de la cárcel se escuchan gritos de dolor, llantos incontrolables y uno que otro lamento.

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Sus ojos eran verdes y tenían un brillo que más parecían dos pedazos de vidrio puestos frente a los rayos del sol. Siempre sonreía y nunca quería estar solo; cuando eso ocurría, se orinaba del miedo y esa sonrisa se convertía en un llanto incontrolable. Le puede interesar: Dejó cuadripléjico a comerciante en atraco: pagará 17 años de cárcel

A veces lloraba con tanta fuerza que preocupaba a quién se encontraba con él por primera vez; y en otras ocasiones sus lágrimas bañaban su curtido rostro mientras lanzaba gritos de victoria, asegurando que tenía poderes sobrenaturales.

Elugencio Gelvez León perdió la cordura a los 19 años. Cuentan que era un chico guapo, que nunca le faltaban amores y gozaba de una inteligencia que lo hacía requerido por los más prósperos comerciantes del pequeño pueblo de Betania, en Santander.

De un momento a otro, de ese joven con gran proyección solo quedó un desquiciado que caminaba por las calles sin calzado, con un rostro indescifrable y con la mente puesta en eso que le arrebató la sensatez: la temible cárcel de la Isla Gorgona, en el pacífico colombiano, y que funcionó desde 1960 hasta 1984, cuando fue cerrada para siempre.

De la iglesia al infierno

Era enero de 1972 y Elugencio trabajaba con varios familiares en una finca, en Betania, en medio de una inmensa montaña en las afueras del pueblo. Los domingos descansaba y aprovechaba para ir a misa y tomarse unos tragos en la cantina de la plaza. En el último domingo del mes, el jornalero salió temprano de la vivienda en la que residía con su madre, una mujer enferma y de caminar lento. Se dirigieron a la parroquia.

Al salir de la iglesia, y cuando ya faltaban unas cuadras para llegar a su casa, tres policías se le acercaron y lo detuvieron frente a su mamá. Lo señalaron de abusar sexualmente y hurtarle las pertenencias a la hija quinceañera de un ganadero.

Elugencio intentó explicar que nada tenía qué ver en eso, pero no lo quisieron escuchar, o por lo menos eso dicen en el pueblo. Era tanto el poder de aquel ganadero que el proceso judicial contra el joven se realizó en tiempo récord. El 15 de febrero Elugencio ya estaba en la prisión rodeada de maleza y aguas profundas viviendo una pesadilla. Le puede interesar: Se hacía pasar por brujo y le daba brebaje a niña, de 13 años, para violarla

Encerrado en una celda rodeada con alambre púa y paredes grises y humedecidas, Elugencio gritaba que era inocente. No comía, no dormía, tampoco le habla a sus compañeros. Con los días, la impotencia fue menos fuerte y dolorosa que la dureza de la terrorífica prisión.

Dejó atrás su deseo por demostrar que no era culpable y comenzó a sobrevivir. Las serpientes venenosas en su camarote eran ahora el motivo por el que no dormía. Tres días o más sin probar alimento le hicieron comer tierra de las paredes y a las semanas sus huesos sobresalían sobre los uniformes que eran distinguidos con números. Es que esa penitenciaría fue hecha bajo un atroz modelo Nazi, según historiadores.

Elugencio vio morir de raras enfermedades a varios amigos. Presenció una fuga fallida de 13 reclusos y a veces observaba por una ventana en la parte alta de la construcción el azul e imponente mar con su desfile de ballenas jorobadas.

Quería escapar o morir, pero no se decidía. Por los pasillos habían historias de reclusos devorados por leones, orangutanes, tiburones y hasta ballenas. Los guardianes amenazaban con matar a punta de torturas a quien tratara de escapar, y no solo eran amenazas. Se estima que más de 150 reos murieron de esa manera. La cobardía reinaba cuando se trataba de guardianes despiadados.

Cada día era una escena dantesca en la vida de Elugencio y eso lo fue enloqueciendo poco a poco. Ver a un amigo de celda comerse a otro luego de matarlo fue lo que acabó con su razón. El joven dejó de ser el recluso callado, temeroso y ansioso de justicia. Ahora era un sujeto peligroso que intentaba escapar todos los días.

El santandereano se volvió un terror más para los internos y un problema para los guardias que lo dejaban inconsciente a punta de golpes cuando intentaba volar o trepar paredes como una araña. Todo esto ocurrió en menos de 8 meses.

En medio de la catástrofe de su vida, Elugencio tuvo redención porque desde Santander llegó a la cárcel una carta donde aseguraban que el joven era inocente y debían dejarlo en libertad. Lo enviaron a su casa, pero su madre había muerto de pura pena moral, por lo que el joven quedó vagando, convirtiéndose en el “loquito” del pueblo.

Dicen que mientras alguien le regalaba un plato de comida, Elugencia contaba lo que vivió en La Gorgona. También cuentan que el ganadero que una vez lo culpó siempre lo buscaba para darle ropa o alimentos, pero este lo rechazaba afirmando que él le acabó la vida.

Dos años después hallaron su cadáver en un matorral. Dicen que lo mató la fiebre amarilla, pero otros afirman que un conocido no soportó verlo en ese estado y acabó con sus días.

Hace pocos días me encontré aquí en Cartagena a un familiar lejano de Elugencio y me contó esta historia. También me aseguró que vio al pobre hombre en el matorral donde murió. “Tenía una sonrisa en el rostro, se veía feliz y tranquilo. Parecía como si la paz que le robaron hubiera vuelto a él”, relató.

Reserva natural

La Isla Gorgona se convirtió desde mediados de los 80 en una reserva natural y un lugar turístico para amantes de la naturaleza, de la historia y de lo paranormal.

Cuentan que por las noches, en las viejas paredes de la cárcel se escuchan gritos de dolor, llantos incontrolables y uno que otro lamento, parecidos a los que Elugencio daba por las calles de su pueblo.

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