Colombia es un país que se levanta temprano y se acuesta tarde. Aquí el campesino conversa con la tierra mientras espera una buena cosecha, el pescador sale antes del amanecer a buscar el sustento y la mujer de pueblo abre su negocio con la ilusión de vender un poco más que ayer.
En esta nación del Sagrado Corazón de Jesús, donde la fe se mezcla con las dificultades de la vida, también hay hombres y mujeres policías que comparten los sueños de su gente.

Una historia construida al lado de los colombianos
Por eso, cuando decimos «Policía, llena eres de gracias», pensamos en el agradecimiento que nace de las cosas sencillas. El de un agricultor que encuentra acompañamiento en su vereda, el de una familia que recibe ayuda en un momento difícil o el de un ciudadano que recupera la tranquilidad.
Son gestos que no necesitan grandes palabras, porque la gratitud verdadera tiene una manera muy particular de quedarse para siempre en el corazón.

Han transcurrido 135 años desde aquel 5 de noviembre de 1891, cuando nació la Policía Nacional. En ese largo recorrido, Colombia ha cambiado de rostro muchas veces.
Sus pueblos crecieron, aparecieron nuevas carreteras y las ciudades se llenaron de historias. Pero algo permanece: la necesidad de contar con personas dispuestas a servir, incluso en los lugares donde llegar significa atravesar ríos, montañas y caminos que parecen no tener final.

En las tierras cálidas de Bolívar, el uniformado conoce de cerca la vida del pescador que depende de lo que le regale el Magdalena y del labriego que trabaja bajo un sol inclemente. También acompaña al comerciante, al transportador y a tantas familias humildes que no se rinden ante las dificultades.
Es la Colombia de gente pujante que lucha cada día por un mejor mañana, la misma que encuentra en una Policía cercana una razón más para seguir adelante.

El valor de servir y el sacrificio de una familia
Francisco de Paula Santander, el Hombre de las Leyes, dejó una enseñanza que conserva toda su vigencia: «La moderación, la tolerancia y la justicia corrigen el corazón y desarman el descontento». Cuánta sabiduría en esas palabras para quienes tienen la responsabilidad de servir a los demás.

Porque ser policía también significa saber escuchar al campesino, comprender las preocupaciones del pescador y tratar con dignidad a quien atraviesa un momento difícil. Hay acciones que jamás aparecerán en las estadísticas, pero que permanecen en la memoria de una familia agradecida. Y es precisamente allí, en esos gestos sencillos, donde la Policía Nacional se gana un lugar en el corazón de los colombianos.
Esta historia tiene otros protagonistas que merecen nuestro reconocimiento. Son las madres que encomiendan a Dios a sus hijos antes de cada turno, las esposas que esperan una llamada y los niños que preguntan cuándo regresará papá o mamá. En esos hogares se conocen las ausencias y los sacrificios de una profesión que exige mucho más que llevar un uniforme. Allí también se ha escrito buena parte de estos 135 años.
Hoy, 187.576 hombres y mujeres tienen la responsabilidad de continuar ese camino. Algunos apenas comienzan a descubrir la grandeza del servicio; otros llevan décadas entregando lo mejor de sus vidas. A ellos se suman los veteranos y el recuerdo de quienes fallecieron cumpliendo su deber. Todos forman parte de una herencia que merece respeto, porque servir a Colombia significa comprender sus dolores, compartir sus alegrías y trabajar por su tranquilidad.

Y mientras el campesino siga sembrando la tierra, el pescador lanzando sus redes y millones de colombianos salgan cada mañana a ganarse honradamente la vida, habrá razones para agradecer a quienes trabajan por su seguridad. Porque la patria no es solamente el territorio que aparece dibujado en un mapa: es su gente, sus esfuerzos y sus esperanzas.
Y en medio de esa Colombia que nunca deja de luchar, la Policía Nacional tiene una misión que la honra: cuidar la vida de los demás. Policía, llena eres de gracias, porque tu mayor patrimonio está en el corazón de los colombianos.
Por: Emilio Gutiérrez Yance

