Las voces de la tragedia en Blas de Lezo

27 de abril de 2018 12:00 AM

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Fue la última vez que sus familiares vieron a Esteban Salas Correa. Esa madrugada del jueves 27 de abril del 2017, se levantó un poco desganado. La comida no aparecía por arte de magia en su nevera y debía resolver los problemas de dinero. Tenía varias semanas trabajando en el edificio Portales de Blas de Lezo II, pero aún no le pagaban por las labores que había hecho.

La necesidad y falta de oportunidades hacían que siguieran yendo a la obra, en la que también trabajaba su sobrino Javier Salas. Preocupada por la situación que vivían, Rosario Padilla Zúñiga recuerda hoy, reunida con varios familiares de víctimas, que le dijo a Esteban, su esposo, que dejara de ir a trabajar a esa construcción donde no le pagaban. Y tiene el recuerdo intacto de esa última conversación. “Le dije que qué iba a hacer a allá si no le pagaban. Me dijo ‘mija, no te preocupes, voy hasta el sábado que según nos pagan. Si ahora que llegue no hay material, me voy a donde el otro señor al que le estoy haciendo el trabajo’”.

Rosario le dio un beso. Antes de las 6 de la mañana, el obrero de 56 años ya había salido de su casa, rumbo a la manzana 8 de la tercera etapa de Blas de Lezo, donde se levantaba el edificio, cuyo constructor era Wilfran Quiroz.

Casi al mismo tiempo, un jovencito de 22 años dejaba el seno de su hogar para ir a trabajar como ayudante de albañilería al mismo edificio. Pero Hermen Erney Vilora tampoco quería ir ese día a trabajar porque no le habían pagado, no quería salir de su casa en Nelson Mandela. “Pero se fue porque la mujer de Wilfran le había dicho que llegara ese día porque le iban a pagar los días que le debían”, contó Nurys De Agustín, madre del joven.

Antes de las 7 de la mañana el joven y las más de 50 personas que trabajaban en la construcción del  edificio Portales de Blas de Lezo II ya estaban apostados en la entrada de este. Muchos de los obreros estaban reacios a seguir trabajando, pues, además del dinero que les adeudaban, el edificio presentaba fallas en su estructura, como la raja que tenía una columna que estaba en la parte izquierda delantera. También se había inundado el día anterior tras un fuerte aguacero.

Ante la preocupación por las grietas, varios trabajadores expusieron lo que pensaban ante los responsables de la construcción. “Sé que varios trabajadores dijeron que estaban preocupados, pero el maestro de obra dijo que trabajaran, que las grietas se curaban. Mandaron a decir que el que no quisiera trabajar, que se fuera”, relató César Tirado Paternina, quien ese 27 de abril apenas llevaba 10 días trabajando en la construcción.

César estaba en el sexto piso, el último. Arriba de este estaba un plafón que serviría como azotea. César cuenta que hacía los repellos. Pero esa mañana viviría una horrible experiencia.

Mientras él repellaba, en la entrada del edificio estaba el vigilante, Manuel Mendivil Blanco. Hablaba con su hija Anyeli Mendivil, de 10 años. Era frecuente que ella estuviera en el lugar.

Obreros cuentan que en la parte superior de la estructura estaba el maestro de obras, Luis Eduardo Agresor, hombre de confianza de Wilfran.
Gabriel Ladeo, un cordobés que tenía dos meses trabajando allí, salió un momento junto a otros tres obreros porque tenía sed. Fueron a comprar un litro de gaseosa. Y fue la sed la que les salvó la vida.

Cuando el reloj marcaba las 10:30 de la mañana, el edificio se desplomó.

“La primera columna que cedió fue la que se construyó primero. Era la columna que estaba del lado izquierdo delantero, junto a mi casa. Era la columna donde estaba la raja de la que tanto hablaron los obreros. Luego que se desplomó la columna, se desplomaron las columnas traseras del lado derecho, por eso es que el edificio, por fortuna para quienes vivimos al lado, se desploma en su propia estructura. Arriba del edificio estaba el maestro de obra y cuando sintió que se caía la estructura, les dijo a los trabajadores ‘todo el mundo quieto’. Esos que estaban arriba se salvaron”, contó Luis Guillermo Monsalve.

Carmen, otra vecina, contó que estaba en su casa, junto al edificio, cuando vio desplomarse la gigantesca mole de concreto y varillas, que desató una nube de humo en el lugar.

El estruendo aún retumba entre los recovecos de las calles, entre los recuerdos de los vecinos. César, quien repellaba arriba, quedó entre algunos escombros y sufrió lesiones en piernas y brazos, pero por fortuna no fueron graves. “Me agarré de un malacate cuando sentí que todo se movía. Mientras caía, pude saltar del edificio y caí sobre una pila de arena”, contó Jair Montes, otro de los obreros.

Manuel Mendivil, el vigilante que estaba abajo, logró empujar a su hija hacia la calle y esta salió casi ilesa, mientras que él quedó atrapado. “En ese edificio solo había una puerta de entrada y salida. Por eso, cuando se estaba desplomando, muchos de los obreros lo que hicieron fue tratar de correr hacia esa puerta, pero no pudieron salir y quedaron atrapados”, contó otro vecino.

Entre los escombros estaban muchas almas. Una turba se amontonó junto al edificio, muchos gritando y pidiendo auxilio. Trataban de sacar a los atrapados, pero era muy difícil.

Entre los atrapados estaban los hermanos Alberto José y Yoner Ortega Velásquez. También el padre de estos, Adalberto Enrique Ortega Pérez, quienes realizaban labores de repello en el segundo piso.

“Nos salvamos porque una columna quedó aguantada en un tanque de doce latas que estaba en el centro de la habitación, que hizo como una especie de domo subterráneo. Pude salir con Yoner, pero mi padre quedó adentro, murió”, relató Alberto, quien sufrió golpes leves.

Los organismos de socorro empezaban a llegar al lugar. Miembros del Cuerpo de Bomberos de Cartagena, de la Defensa Civil, Gestión del Riesgo y de la Cruz Roja ya hacían sus labores, mientras, angustiados, los parientes de las víctimas se agolpaban y lloraban en los alrededores. Las imágenes de dolor eran crudas. Uno de los funcionarios que estuvo presente fue el teniente Franklin Hamilton Velásquez, comandante de la estación de Santa Lucía del Cuerpo de Bomberos de Cartagena.

Estaba en mi día libre, pero al ver el reporte acudí. Se despacharon todas las herramientas y cuando llegué al lugar me encontré con algo macabro. En mis 36 años de vida bomberil nunca había visto tanta muerte. Trabajamos duro por muchas horas. La satisfacción para nosotros era sacar a personas vivas de entre los escombros. Nos alegrábamos por cada rescate. Era una tragedia previsible por el estado en el que estaba el edificio. Y si era previsible, era evitable”, contó Hamilton.

Rosa Utria, esposa de Ledis Antonio Padilla, quien murió en el hecho, cuenta que estaba en una cita médica, cuando a las 11 a. m. una sobrina la llamó a informarle lo que pasaba. “Eso fue grande. Estaba desorientada, no sabía ni por dónde coger. Agarré un bus en Bazurto y luego me bajé donde no era. Después cogí una moto y también me perdí, estaba como una loca. Mi sobrina me tuvo que ir a buscar y me llevó al sitio del desplome”, cuenta.

Desde entonces, la mujer se quedó junto a la construcción, esperando que sacaran de los escombros a su marido. Fue difícil, pues se ilusionaba con cada persona que sacaban viva, creyendo que podría ser su ser querido, como los parientes de las demás víctimas. Allí estuvo hasta el 29 de abril en la madrugada, cuando sacaron muerto a su compañero. Durante esos tres días de labores, sacaron a 20 obreros muertos de los escombros y a 23 heridos. Entre estos últimos estaba Jorge Luis Hoyos, quien solo unos días después murió (el primero de mayo de ese año).

Luego de varios días, los escombros del edificio fueron removidos. El lugar fue cercado y en este se han hecho varios homenajes y misas a las víctimas.

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