Los medios de comunicación moldean la conciencia de la gente. Los mensajes a los que nos exponemos todos los días, son ofertas de identidad que aceptamos, rechazamos o negociamos. Por ejemplo, la semana pasada escuché por primera vez la canción “Bachata en Fukuoka” de Juan Luis Guerra y me apropié de ella en el acto. Por el contrario, rechazo viseralmente la risita antipática de una periodista como Vicky Dávila. Y estoy dispuesto a negociar lo que me ofrece Jaime Baily, es decir, que acepto unos elementos y no comparto otros. En general uno va por la vida negociando el sentido de los mensajes. Ello ocurre en la medida en que se va formando el gusto, el cual, es el principal criterio con el que vamos dándole sentido a las cosas. En Colombia, el primer formador del gusto es la televisión. Es igual en todo el mundo. Antes que la escuela, la familia, las instituciones estatales y, antes que la radio, la Internet o la prensa está la televisión como moldeador de conciencias. O del gusto, que en la práctica es lo mismo. De manera que el gusto nacional colombiano es muy melodramático en virtud de la historia de los medios en nuestro país. Somos melodramáticos en virtud del cine mexicano en su época de oro, de los boleros y las rancheras, de las radionovelas, de la Biblia y sus modelos sacrificiales, de los vallenatos y los juglares. Y así, el devenir del melodrama llega hasta la telenovela, que también tiene su historia. Así, pues, el melodrama es el código que vincula el mundo de los medios con el mundo de la audiencia. Es lo que hace comunicable la formación del gusto –el popular, en especial- , es decir, el melodrama –más allá del género dramático- es la forma como los colombianos negociamos con el mundo. “Pro –agón” y “anti – agón” son elementos claves del melodrama. Y, por tanto, de nuestro gusto. El primer elemento, es sólo bueno. Y el segundo, sólo malo. Y ambos se relacionan porque son mutuamente excluyentes. Es lo que permite la progresión de un relato y el sentido que podamos encontrar en él. De ahí que, a mi juicio, en Colombia informan más las telenovelas, que los noticieros. Sabemos más del narcotráfico gracias a telenovelas como “Las viudas de la mafia”, “El Cartel de los sapos”, “El Capo”, “Rosario Tijeras” o “Sin tetas no hay paraíso”. Se trata de relatos televisivos en donde la audiencia –en virtud del melodrama- toma partido por antagonistas o protagonistas. Lo que llama la atención es que la gente termina haciendo fuerza para que los malos ganen. Para que el narco corone un cruce, para que se le caiga una vuelta, para que no lo toque la justicia, para que conquiste a las mujeres más apetecidas, para que corrompa a la policía, a los políticos, a los jueces. Para que sea respetado por todos. Para que justifique la violencia. Sí mis amigas y amigos: tenemos un gusto narco. Tanto en lo ético como en lo estético. Un gusto melodramático que comprende sin ambages porqué el sicario se encomienda a la Virgen, a las ánimas benditas o a la santa muerte antes de cumplir su cometido. Los medios moldean la conciencia, contribuyen a la formación del gusto y la aparición de las prácticas culturales narco (aunque no seamos narcos). Y la aparición, también, de los valores mafiosos con los cuales justificamos cualquier cosa: corrupción, violencia, intolerancia, abusos, muertes y todo lo inimaginable. Hace diez años apareció la novela colombiana “¿Por qué diablos?” Con Manolo Cardona, Víctor Mallarino y Marcela Carvajal. Les recomiendo que la vean en youtube.com. Es una propuesta melodramática de porqué un político tradicional y corrupto es peor que un mafioso, un guerrillero, un paramilitar y un delincuente común juntos. El personaje de “La Araña” es miembro de la oligarquía bogotana y nieto de un presidente de la república. Es el patrón de una peligrosa banda criminal y, al mismo tiempo, llega a ser ministro de Educación. Tiene firmes posibilidades de llegar a ser Presidente. No me perdía un capítulo. Siempre hice fuerza para que un sujeto tan malvado, indolente, cínico, mentiroso, cobarde, cizañero, ruin, hipócrita, corrupto, inmoral, pícaro, tan yo no sé que, llegara a ser presidente de Colombia. Cómo extraño esa época en que la gente hacía fuerza para que ganaran los buenos, que respetan la ley y la vida. A pesar del poder ideológico de las narconovelas, hay oportunidad de cambiar las cosas. La conciencia, entre ellas. ricardo_chica@hotmail.com
