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Revista dominical

¿Por qué hemos olvidado a José Prudencio Padilla?

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La memoria es esquiva. Nadie parece acordarse del general José Padilla, sin duda, el más grande líder que ha tenido el Caribe colombiano. Sólo lo perpetúa el nombre de la Escuela Naval, pero no hay ni siquiera un busto que lo recuerde. No hay un rastro visible que evoque sus pasos y la grandeza de este general pardo. Su casa era el viejo Teatro Padilla, donde hoy existe el Centro Comercial Getsemaní. Su historia es excelsa pero dramática. El 1 de abril de 1828 la tragedia tocó a su puerta. Acusado de propiciar una guerra racial en Cartagena, fue detenido y encarcelado en Bogotá. Luego, en la noche del atentado a Simón Bolívar, el 25 de septiembre, algunos de los conspiradores irrumpieron armados a la celda de José Padilla, asesinaron a su guardia, le entregaron su espada y emprendieron la huida. Implicado en un crimen y en una conspiración de la que no participó, Padilla decidió entregarse a la justicia, pero la perversión y la intriga política que aún no cesan, lo señaló como el artífice de todo. Fue juzgado de manera apresurada, sin comprobación de los hechos y sentenciado a muerte. El 2 de octubre perdió sus insignias militares y fusilado. ¿Por qué los cartageneros no levantaron su voz para defender a Padilla? ¿Por qué el Caribe colombiano se quedó enmudecido ante semejante injusticia que se estaba cometiendo con él? Allí está la gran pregunta que se formula y responde la historiadora Aline Helg, quien afirma que desde los inicios de la guerra contra España, Bolívar estaba obsesionado y prevenido de la repercusión que tendría el poder de los pardos y su impacto en las sociedades de Venezuela y en la Costa, hasta el punto de una repetición de Haití. En 1817, Bolívar hizo ejecutar al líder pardo Manuel Piar “quien amenazaba su supremacía, pero neutralizó a otro líder, al llanero blanco José Antonio Páez”. En 1820 tenía dudas sobre la lealtad de Padilla, un hombre que gozaba de simpatía popular, entre pequeños empresarios, comerciantes, oficiales, pero era visto con desconfianza por cierta élite. En Cartagena aún ciertos historiadores descreen de la grandeza de Padilla, dudar y fisgonear en la vida íntima, es uno de los deportes locales en Cartagena de Indias, obstaculizarse a sí misma en proyectos de inclusión social, como a lo largo del siglo XIX tuvieron dudas de la grandeza de Juan José Nieto, o de la irreverencia poética de Luis Carlos López. No le perdonarán además de que Padilla haya sido negro y almirante. Y de que Santander le haya hecho un préstamo para comprar su casa de dos pisos en la Calle Larga, allí donde hace poco estuvo el Teatro Padilla. Prevalece en la memoria imprudente el modo de ser y de vivir de Padilla, que el modo de pensar y aportar al proyecto de nación. Aún se sigue hablando de su espíritu contestario, de su concubinato con Ana María de la Concepción Romero, una de las hijas del héroe Pedro Romero, una bella mulata que se había casado con el teniente coronel Ignacio José de Iriarte y la Torre, y luego, se había separado para unirse con Padilla. Vuelve a hablarse con el mismo tono de Mantilla, de “los bochinches de colores”, para referirse a negros y mulatos y pardos; del café que Padilla tenía en Getsemaní y en donde se reunía la gente a beber, jugar y discutir sobre política, pero no se habla de sus hazañas navales y de su grandeza como estratega militar. El general Mariano Montilla desde su casa de Turbaco, le escribió a Bolívar, el 7 de marzo de 1828, contando sus prevenciones y rumores sobre Padilla, quien había organizado un golpe pacífico de tres días en la ciudad, del 6 al 8 de marzo de ese año. Lo más grave de esa carta fue decirle que estaba repartiendo armas entre los vecinos de Getsemaní. Padilla, perplejo ante la indiferencia de los suyos en Cartagena, lanzó su sombrero al suelo y lo pisoteó imprecando contra el pueblo cartagenero que lo había abandonado. La peor acusación fue decir que él había participado en la conspiración contra Bolívar. Las tropas de Montilla capturan a Padilla y lo entregan a Bolívar. El general Bolívar no tuvo reparos en decidir su ejecución, pese a reconocer que había sido un héroe militar. ¿Había allí un trasfondo racial y un celo político de Bolívar? La carta de Bolívar a Páez despeja esa duda: “Las cosas han llegado a un punto que me tiene en lucha conmigo mismo, con mis opiniones y con mi gloria... Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar, de Padilla y de los demás que han perecido por la misma causa; en adelante no habrá justicia para castigar el más atroz asesino, porque la vida de Santander es el perdón de las impunidades más escandalosas”.

La estatua de Padilla en la Escuela Naval de Cartagena.
La estatua de Padilla en la Escuela Naval de Cartagena.
José Prudencia Padilla.
José Prudencia Padilla.
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