Cuando todos en la casa de Juan Alberto Fernández Polo estaban convencidos de que el colchón ortopédico que le regaló su compadre Julio Arandete, le iba a aliviar las afugias del postoperatorio de una hernia inguinal que le practicaron en una clínica de Cartagena, el viejo sanjacintero, en estos días de convalecencia, no ha podido con las protuberancias mullidas del camastro nuevo, porque su cuerpo ha estado acostumbrado de por vida al molde sinuoso de la hamaca grande.
Se siente extraño, y tiene toda la razón ‘Chuchita’, porque eso es como estrenar zapatos de material cuando por años se ha caminado en abarcas ‘tres puntá’, o a ‘pata limpia’, como se crió él en las faldas de los Montes de María, de la mano de su padre Juan Alberto Fernández Vargas, conocido en la comarca como ‘Talón Rajao’, un hombre curtido en la vaquería y en las lidias del agro, corralero consumado y piedra angular de este municipio bolivarense, San Jacinto, que tiene por tutor el imponente cerro de Maco.
Emérita Fernández, la menor de los diez hijos de Juan ‘Chuchita’, se levanta bien de mañana por estos días a prender el fogón de carbón para poner sobre el parrillero sartas de plátanos hartones, arepas de maíz pelado y un buen trozo de carne salada, que serán las viandas del desayuno "para los que están alentados".
El noble anciano corralero, uno de los tres sobrevivientes de Los Gaiteros de San Jacinto con Nicolás Hernández (78 años) y Antonio García (84 años), tiene sobre el velador una artesa de fruta picada: manzana, uvas, pera y banano, que es la dieta recomendada por el médico, al igual que las ensaladas de legumbres y verduras; el jugo de naranja con zanahoria; y al almuerzo, el pollo tierno y el hígado sudado, acompañado de papas al vapor y perejil.
Antes de picar la fruta, ‘Chuchita’ Fernández, el mejor guacharaquero que tuvo en su tiempo primigenio el ‘vallenato de acordeón’, y el indestronable rey de las tamboras que ha honrado la historia de los Gaiteros, trata de incorporarse sobre el colchón nuevo para hablar a solas con el Sagrado Corazón que tiene en frente, un discurso breve y entre murmullos, como lo ha hecho desde siempre entre esas cuatro paredes de bahareque donde fecundó su prole, sin ningún electrodoméstico que osare perturbar el ritmo acompasado de sus dichas conyugales.
Arnulfa Helena Mercado Guzmán, su mujer, que a la fecha cuenta 75 años, de ellos, 57 de casada, y que en su momento fue la mejor y más cotizada artesana de hamacas de San Jacinto, ve por los ojos de ‘Chuchita’, y con ese humor inteligente de las matronas de la costa, pondera las virtudes fértiles de su marido: "en una época me dejaba preñada y tanto era el tiempo que gastaba en sus correrías y compromisos artísticos, que al regreso de sus viajes por el mundo ya me encontraba criando".
Y así fueron naciendo y creciendo los diez vástagos, los mismos que le han dado treinta y seis nietos y diez bisnietos, silbando y cantando como lo ha hecho con sus más de 300 composiciones, porque a ‘Chuchita’, que no sabe leer ni escribir, "sólo firmar", como apunta Emérita, su hija, sus canciones, sus porros, sus vallenatos, como ‘La Pensión Ocaña’, que se la dedicó a Enrique Díaz, o ‘María Solá’, o ‘El Ñeque en el Mocuño’, o esa cumbia sabrosa que le compuso a su mujer, ‘La Cumbia de Arnulfa Elena’, le salen del alma: "primero las silba como los pájaros que anidan en los Montes de María, los sinsontes, los fifís, los toches y los jilgueros, y la letra va saliendo después como por encanto, y alguien de nosotros, sus hijos, sus parientes o sus amigos, está listo para copiarlas o grabarlas".
‘Chuchita’ Fernández, el sobrino del genial ‘Toño Fernández’, hermano de ‘Talón rajao’, acomoda sus posaderas sobre el jergón blando para pasar algunos sorbos del jugo de naranja. Por la ventana de su cuarto se alcanza a ver un manojo de muchachos correr a pie limpio tras una pelota mugrosa en la cancha polvorienta del barrio Torices de San Jacinto.
Quiere levantarse, pero intercede Emérita, la cuba: "es que es muy inquieto, y el médico me recomendó que no le permitiera movimiento, porque se le puede abrir la herida, y usted se imagina otra vez coger pa’Cartagena...".
Si por él fuera, estaría limpiando con hoz y machete la maleza de su huerta, donde se empinan matas de maíz, plátano y hortalizas, o dándole de comer y cambiándole los bebedores a su corte de gallinas, o bajando con la horqueta los limones amarillos y jugosos del limonar, para rematar en el fogón donde ‘Chuchita’ tiene la hamaca grande, a escasos metros del comedor, lugar de reunión noctámbula de la parentela, entre tamboras, flautas de millo, gaitas y llamadores; una cocina de exposición que codiciarían los fotógrafos que suelen concursar con estas postales entrañables en los máximos concursos de fotografía, porque allí, en ese hogar, está el alma, el gusto y la esencia del patriarca sanjacintero, el ganador del Grammy en 2007 por ‘Un Fuego de Sangre Pura’, el que le ha dado varias veces la vuelta al mundo en tarimas de adobe o en escenarios encumbrados, despachando sones de gaita, porros y puyas, con el timbre hondo y el dejo montañero del inmortal Andrés Landero.
Juan Alberto ‘Chuchita’ Fernández Polo, que sólo ha sido operado dos veces en los 80 años que está por cumplir: hace 30, de una apendicitis, y hace ocho días, de una hernia inguinal, no sabe de los remilgos ni de las quejumbres que derivan de las curvaturas y los hinchazones de la ancianidad.
En sus ojos sabios y dulces resume la verdadera felicidad del espíritu, que es la que perdura más allá de la muerte, un tema que al cantor y tamborero lo tiene sin cuidado cuando dice que le gustaría morirse meciéndose en su hamaca grande, rodeado de Arnulfa Elena, su mujer, de sus nietos y bisnietos, de sus diez hijos: Rafael, Miguel Santiago, Nuri Esther, María Magdalena, Javier, Ana Zenith, Marelbis, Luis Manuel, Jorge, y Emérita, la última, la que le hace erizar la piel al cronista cuando apunta que respira por los pulmones de su padre, pero no es tiempo de morir sino de celebrar el milagro de la vida.
El milagro de un señor artista como ‘Chuchita’, como lo bautizó Roberto Anillo, otro de sus compadres, aludiendo a la sagacidad y la pericia de los zorros de monte, que insiste en levantarse para pasar del cuarto al fogón, donde está su hamaca grande, patrimonio sagrado de su linaje, de sus sueños, de su inspiración.
Emérita lo entretiene con otra picada de fruta, y bajo sus posaderas, termina ganando el colchón.
Al fondo, en la cancha polvorienta de Torices, la voz chillona de un párvulo grita ¡gol!

