Mis primeros escarceos con la erótica popular fueron en los calendarios trémulos de la adolescencia, por allá a mediados de los años 70, cuando el desnudo era un tema prohibido y castigado por la Iglesia (ni hablar de las terribles fueteras de los padres), que los ‘piernilampiños’ de época descubríamos a hurtadillas en las revistas playmate, censuradas para menores: Playboy, Penthouse y Hustler, rotundas de páginas en propalcote donde aparecían diosas rubicundas, apetitosas de carnes, con las que nos soslayábamos en la soledad onástica del cuarto de la plancha, en el baño o debajo de la cama.
Estas publicaciones llegaban a las manos de los muchachos a través del trueque que nos ingeniábamos con los primeros traficantes del morbo escueto o la pornografía, que abundaba en las casetas de la Avenida 19, en Bogotá, desde la Caracas, hasta la 7º, camufladas entre abundantes colecciones de cómics, todo Memín, Kaliman, Fantomas, Superman, Linterna Verde o el Llanero solitario, entre otras.
Por una revista de alto voltaje erótico había que dar un estimado capital, representado en un mes completo de medias nueves o el cambalache por una patineta o un carro esferado. No faltaba el pilluelo que, con dedos de seda, se la escamoteaba al desprevenido dependiente y la guardaba en el morral de colegio, para luego, en ‘tardes deportivas’, compartir con la gallada.
En esos primeros pasos del descubrimiento de la carne prohibida y de los latigazos de la sangre que pedía a gritos una mujer en el papel o en los milagros del cinemascope, conocí a Silvya Kristel en la pantalla grande del desaparecido teatro Mogador, por obra de un portero con quien hice migas tras obsequiarle algunos acetatos de Carlos Gardel, La Sonora Matancera y Libertad Lamarque, que papá conservaba como un tesoro en la vieja radiola RCA Víctor de la casa.
Estos obsequios fueron suficientes para que el centinela del teatro me permitiera el ingreso, evitando todas las miradas y con la condición de escabullirme a la velocidad de un ratón si el conserje de turno, linterna en mano, le diera por alumbrar caras: esa era la jodida rutina de sala.
Así coroné ‘Emmanuelle’, la película que en el meridiano de los 70 hizo de la actriz holandesa un mito erótico mundial: alta, delgada, piernas largas, cabello rojizo y rizado hasta la nuca, mirada entre pícara e inocente, con cierto aire a mi profesora Gertrudis, tortura colectiva en el área de matemáticas.
Fue mi primera vez con la señorita Kristel y juré que no sería la última. Del argumento no tengo mayores referentes porque todo la atención se la robaron las escenas más ardientes, cuando ella aparecía en el borde de la cama con una camisola translúcida que permitía observar sus perfectos hombros desnudos, sus teticas dormidas, como peras de bodegón y sus extraordinarias piernas blancas, semicubiertas a propósito con medias de liga superveladas.
Por esos ofrecimientos estertóreos comprendí, adherido a la rústica butaca, que la lucha y la dureza de la vida valían la pena si como reprocité, tarde o temprano, había una mujer como ella que te esperaba sin premuras entre sábanas, dispuesta a enseñarte el abecedario de la piel y el himeneo con el tartamudeo inevitable de esos hiatos y diptongos que van brotando entre murmullos en los soliloquios del placer y el sexo en brasas.
Con ‘Emmanuelle’, después con ‘Emmanuelle II’ y más tarde ‘Goodbye Emmanuelle, la tercera de esta saga, y con otras películas suyas que pude disfrutar ya con la cédula que me brindaba el privilegio triunfal de la mayoría de edad, me convertí en un juicioso y atento seguidor de su carrera cinematográfica, en un ‘Emmanuellero’ sin rival, al extremo de coleccionar cuanta revista o poster donde apareciera ella: los afiches de sus películas acompañados de fotografías en blanco y negro sujetas con chinches a las carteleras de paño de billar, en teatros como El Mogador, Novedades, Apolo, Lux, Tequendama, Coliseo, el antiguo Faenza, entre otras salas, hoy convertidas en parqueaderos, casinos, pescaderías, bodegas de mercancía made in China, rumbeaderos, burdeles e iglesias cristianas.
¡Ah! aquellos años de la memorable fantasía inspirada en los amores tórridos y las exquisitas estratagemas de cama con esta dama nacarina de cabello de fogata que se revelaba ansiosa, con un collar de perlas y los breves senos desnudos, mal sentada sobre una silla de mimbre: la ‘antivirgen’ esmaltada por la que cualquier varón imberbe o adulto hubiese cambiado el escapulario por la estrella pagana.
Porque el tríptico de ‘Emmanuelle’ repercutió en aquella década como una de las cintas más taquilleras del mundo. Y no fue exclusiva de la gran masa. De ella hablaban ministros, potentados, rancios catedráticos y hasta clérigos en mudanza, toda vez que Kristel se erigió como la diva del celuloide, a quien se la disputaban los más prestigiosos directores y actores, desde Walerian Borowczyk, pasando por Roger Vadim, Francis Girod, hasta el inmenso Claude Chabrol.
Cómo no recobrarla en la retina en ‘Camas calientes’, de Luigi Zampa, acompañada de otras guapetonas broncedas como Ursula Andress y Laura Antonelli; personaje que a Silvya le valió el rótulo de ‘El cuerpo’, como la bautizó en sus comentarios la prensa especializada. Y cómo no evocarla en ese clásico de la erótica cinematográfica: ‘El amante de Lady Chatterley’, a principios de la década de los 80, con Just Jaeckinar.
Kristel, en la cumbre del éxito y el reconocimiento hizo televisión, incursionó en el teatro, y fue una de las profesionales mejor remuneradas por el pulpo mediático de la moda, el glamour y la publicidad.
Hasta cuando se le apareció el demonio que echa a perder la vida de las bellas y afamadas: el del alcohol y las drogas, esto agregado a un aislamiento y a una soledad obligadas cuando el cuerpo cede y el rostro pierde el brillo saludable de la juventud decantada.
A la par de los excesos llegó la enfermedad, un derrame cerebral y, para rematar, un cáncer de garganta, el mismo que acabó con ella el pasado jueves en la madrugada, en su casa de Amsterdam, ante la vigía inconsolable de su único hijo Arthur Klaus, fruto de su primer matrimonio (de cuatro que tuvo), con el escritor austríaco Hugo Klaus: 60 años contaba.
Una autobiografía, ‘Desnuda’, y algunos cuadros barrocos de su afición a la pintura, cuando se lo permitía el alivio en su última etapa, queda de esta borrosa existencia que solo fue luminosa en las gráciles entretelas de una pantalla, y que hoy cobra memoria en quienes, a buen tiempo, tuvimos la fortuna de admirarla.



