“Necesitamos una voz en la noche”, convocaba la voz grave y serena del locutor principal de Radio Miramar a mediados de 1954.
Adelmo Jiménez tenía entonces 17 años, buscaba su camino en la vida y en cuanto escuchó la promoción del concurso que abrió la emisora dirigida por Víctor Nieto, para encontrar un locutor que trabajara de 9 a 12 de la noche, decidió inscribirse al día siguiente.
Otros 59 aspirantes, la mayoría estudiantes universitarios que buscaban un trabajo por horas para obtener alguna entrada económica, se sometieron al proceso de eliminación por grupos, y al ?nal sólo quedaron Adelmo y Nicolás Zakzuk, alumno de Derecho de gran cultura general y facilidad de expresión.
Ambos exhibieron una gran versatilidad y excelente dicción, así que la emisora optó por contratarlos a los dos.
Así empezó, con un sueldo de 50 pesos mensuales, la carrera de locutor y periodista radial de Adelmo Jiménez, conocido como “Ño Justo”, por el personaje que revolucionó la actividad de la radio cartagenera.
A los pocos meses, Zakzuk decidió retirarse y Adelmo asumió también su puesto.
Cuando recuerda esa época, Adelmo muestra una expresión de nostalgia y a la vez de indignación.
Todos los programas, hasta los anuncios de los discos, se leían según un libreto estricto que se elaboraba a diario –asegura, y antes de que continúe reprochando que ahora cualquier pelagato se sienta detrás de un micrófono a decir sandeces, le digo que mejor sigamos hablando del pasado.
Durante la segunda mitad de la década de los 50, Adelmo Jiménez anunció discos, leyó la lista de las farmacias de turno, presentó las complacencias a los oyentes, divulgó servicios sociales e informó a los cartageneros con datos de utilidad práctica, como los teléfonos de emergencia y los cortes de agua o energía.
Después se cambió para Emisoras Fuentes, que funcionaba en el Edi?cio Fuentes de la esquina de la Calle de la Universidad, gerenciada por Julio Castillo Nájera.
Hacía turnos de dos horas, presentando las canciones de la programación diaria, meticulosamente elaborada por el director artístico, Ausberto Reinoso Salas.
No era sólo decir el nombre del tema y del intérprete, también se hablaba del compositor, de la orquesta, del ritmo, es decir, a la gente se le ilustraba en música –enfatiza.
Adelmo dice que Ausberto Reinoso era un verdadero maestro de la radio, y que por esa época abrió una academia de locución, de la que salieron, entre otros el narrador deportivo Édgar Perea.
Poco a poco, Adelmo comenzó a incursionar en transmisiones en directo, leyendo cuñas en las veladas de boxeo de los viernes en el Circo Teatro, aumentaron las horas de turno en la emisora, lo pusieron a grabar promociones. Finalmente Reinoso lo nombró su asistente.
Tanto respeto tenía el maestro Reinoso por la profesión, que un día, indignado, echó con vehemencia a un muchacho, hijo de un compadre suyo, que vino a pedir trabajo y dijo que se contentaba con que fuera “siquiera de locutor” –recuerda.
Adelmo insiste en que en aquellos tiempos, toda la programación diaria de cualquier emisora se escribía en libretos y que, además, se colocaba música según la hora (de fiesta en la mañana, boleros en la tarde e instrumental en la noche).
También recuerda que en la competencia por los oyentes entre Radio Miramar y Emisoras Fuentes, las dos se desvivían por traer a los mejores artistas: si Miramar traía a Pedro Infante, Fuentes invitaba a Antonio Aguilar, o si una traía a Lucho Bermúdez, la otra lo hacía con Pedro Laza.
Eran programas de lujo en los radioteatros llenos de público, y uno tenía que vestirse de gala para presentarlos –evoca Adelmo.
La idea de “Ño justo” nació en un programa de Florentino Borbúa del Castillo, donde a través de personajes populares se hacían críticas y se ilustraba a los oyentes sobre comportamiento cívico.
Poco después, en La Voz de las Antillas, adquirió vida este campesino típico de las sabanas de Bolívar y Córdoba, que se vino a la ciudad con la ilusión de mejorar su vida, pero al poco tiempo se decepcionó y comenzó a criticarlo todo.
Durante muchos años, Ño Justo se volvió una referencia obligada en la cotidianidad local, y sus expresiones “montunas” se usaban en las conversaciones de la calle, como “Ecua-lecuá” o “Ejcantá”, para asentir o dar la razón.
Adelmo, y con él Ño Justo, han vivido para la radio.
Sin embargo, ese amor por el o?cio le impide oír radio, porque “ahora todos los días aparecen locutores y periodistas” y los programas son improvisados y mediocres.
Ahora no hay radio –concluye perentorio.
UNA VIDA EN LA RADIO
Adelmo Jiménez empezó a trabajar en la época dorada de la radio cartagenera, en Radio Miramar, luego pasó a Emisoras Fuentes y desde entonces ha estado en Radio Vigía, La Voz de las Antillas y Radio Bahía, entre otras.
Dirigió La Voz de Cereté en ese municipio de Córdoba durante cinco años.
Cuando Todelar compró el circuito radial ABC, lo llamaron para trabajar en La Voz del Sinú de Montería.
“Ahí me tocó examinar a muchos aspirantes a locutor, entre ellos a Edwin Tuirán Ruiz, quien no pasó el examen”, recuerda Adelmo.
Durante muchos años hizo los libretos del programa “La ley contra el hampa”, que dramatizaba conocidos casos judiciales de la vida real, en los que los delincuentes eran atrapados y castigados, que se basaban en los expedientes de las autoridades.
De los técnicos y controles de la radio, recuerda sobre todo a Raúl Lambis Guardo, quien “aprendió el o?cio viendo a los técnicos y desbaratando consolas”.
