comscore
Revista dominical

Joe Arroyo y todos mis muertos

Compartir

Frecuento un pequeño bar a media cuadra del apartamento donde vivo al sur de Ciudad de México. La cercanía y la periodicidad con la que asisto permitieron establecer una relación con Mike Quiroz (propietario del bar) y sus empleados, más allá de la rutinaria conversación sobre el estado del clima entre barman y cliente. Desde que vengo a este bar Joe Arroyo pasó a ser parte de su repertorio musical. Todos me identifican como el colombiano que viene de la tierra donde nació Joe Arroyo. Cuando llego no necesito pedir ninguna canción. Desde su lugar el DJ sonríe y hace sonar “La Rebelión”, “Mi Mary”, “Echao pa’ lante” o “En Barranquilla me quedo”. A veces me ausento por algún tiempo, entonces Mike marca a mi teléfono en las horas más insospechadas. Al otro lado de la línea se escuchan los sonidos de la parranda y una voz, que revela los efectos del alcohol, invita a sumarse a la jarana diciendo: “¡Parce, escucha!”. Seguido, aparece la voz nasal del Joe: “La, la, la, la, la... Mi Mary …;Mujer tentadora, sensual, boca encantadora, capaz de hacerme olvidar dolores”.
Hace un par de semanas esquivé el bar y me acosté temprano. Sin embargo, estuve dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Desde la habitación, entre el ruido de las sirenas de ambulancias, automóviles en estampida y peleas de novios borrachos, se colaba la música del bar. Al filo de la madrugada, después de que el insomnio me obligara a repasar mentalmente mi existencia, logré quedarme dormido. No pasó mucho tiempo para que empezara a soñar con mi padre fallecido hace siete años. En el sueño el viejo Carlos ponía mi cabeza en su regazo, me acariciaba la cara y me preguntaba cómo iba la escritura de mi tesis doctoral. Yo le contestaba que iba lento, que no estaba concentrado, que a veces me aburría del tema y que prefería escribir sobre otras cosas. Por un momento mi padre dejo de interrogarme e hizo silencio. Segundos después empezó a cantar en una especie de susurro: “…;y fue allí, se rebeló el negro guapo, tomó venganza por su amor y aún escucha en la verja…;”. Desperté al borde de las lágrimas y lo primero que escuché fueron los acordes de la canción “La Rebelión” de Joe Arroyo que llegaban del bar.
No es la primera vez que esto me ocurre. Por esa inquietante relación entre el sueño y la melodía que suena en la realidad, algunas noches he sido corista de Diomedes Díaz, he seguido a Mick Jagger con su bailecito afeminado mientras canta “Start me up”, he cantado “Cuna blanca” de Raphy Leavitt junto a Sammy Marrero, y en una silenciosa madrugada, en un apartamento en el centro de Bogotá, fui el tenor de la aria “Summertime” en la ópera Porgy and Bess. Pero a pesar de todo, nunca había experimentado un sueño tan diáfano. Pude sentir la tibieza de los dedos ásperos de mi padre en mi rostro y el vaho de su aliento. Ese mismo vaho que desde niño se me antojó olía a yuca recién cocida.
Me sorprendió también la fidelidad de su voz en el sueño con la de la realidad. No tengo ningún recuerdo de mi padre cantando una canción. A lo sumo, me acuerdo de haberlo visto siguiendo alguna melodía con un silbido ripiao o sonriendo y asintiendo con la cabeza mientras escuchaba el tema “El cóndor herido” de Diomedes Díaz que solía dedicar a mi madre. Pero sin duda, esa voz ronca y desafinada que escuché en el sueño, sería la voz que tendría de recordarlo cantando una canción. No presumo de mi experiencia onírica, pero tal vez mi padre estuvo de verdad ahí, conmigo, calmando mis angustias y trajo consigo al “Hijo mayor de Cartagena” para que lo acompañara en su empresa.
Unos días después de la experiencia recordé que el 1 de noviembre era el cumpleaños de Joe Arroyo y que el 2 de noviembre se celebraba el día de muertos en México, con una tradición que se remonta a los tiempos prehispánicos. Por esos días también había estado leyendo una antología del poeta chileno Gonzalo Rojas publicada por el Fondo de Cultura Económica. Me quedé con unos versos en los que Rojas invita a resucitar a los muertos echándoles agua:
Échenle agua a los muertos, a todos
los muertos échenle agua, a todo
entero el muerterío agua fresca echenlé
agua madre
para que salgan
como orquídeas o
como mariposas al otro lado
de las estrellas, más
allá de la maleza
de la realidad, a ver
si lo de la resurrección era por último
resurrección o el loco
no era Artaud sino el Mismísimo
al que llaman Dios.
Lo recuerdos de los entrañables Willy Caballero y Emery Barrios también habían estado dando vueltas en mi cabeza, de modo que decidí hacerle caso a los designios de los sueños y los difuntos. Aprovechando la estancia en la tierra de La Catrina resolví seguir la tradición mexicana y hacer mi altar de muertos. En el pequeño altar de homenaje a mi padre, a Joe, a Willy y a Emery, están las flores de Cempasúchil para mostrarles el camino con su aroma; las calaveritas de dulces que representan, en un juego de inversiones, una burla a la muerte; el comal con los aromas purificadores; la sal para alejar los malos espíritus, y el agua para la sed en el largo viaje.
La madrugada del 2 de noviembre, esperaré con un buen ron a mis muertos. Mi padre llegará sonriendo, mordiendo la solapa de su camisa y acariciará mi cabeza; Willy aparecerá contando su inédita versión de la guerra de Troya que habla de cómo, después de varios años, troyanos y aqueos seguían peleándose por una Helena que para entonces ya debía ser una anciana desdentada, y Emery seguirá hablando de cine, como siempre, con los ojos encandilados como un niño sacado de una película de Giuseppe Tornatore. Por supuesto, con todos ellos llegará Joe, con su música y su risa a romper “el cristal de mi soledad”.


__________________________
* Javier Ortiz Cassiani. Realizó estudios de historia en la Universidad de Cartagena (1992 – 2006), obtuvo una maestría en historia en la Universidad de los Andes (Bogotá). Becario del Instituto Francés de Estudios Andinos (2005), asistente de historia en varias universidades colombianas (1998 – 2006) y editor de la revista Historia Crítica (2004 – 2006). Actualmente cursa estudios de Doctorado en El Colegio de México.

Retrato de Joe Arroyo (1955-2011) en su casa del barrio Nariño.
Retrato de Joe Arroyo (1955-2011) en su casa del barrio Nariño.
El historiador cartagenero Javier Ortiz en México, recordando a sus muertos.
El historiador cartagenero Javier Ortiz en México, recordando a sus muertos.
Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News