Lo que no es importante se elimina. Lo que perdura es lo que se resiste a desaparecer. Como la sal blanca que queda en esas rocas y deja una sombra de luz, una pátina de tiempo.
“Escribir es raspar el fondo de la vida para mí”, confesó Erri de Luca, considerado uno de los mejores escritores de nuestro tiempo, autor de una obra narrativa impactante y conmovedora, medio centenar de libros de cuentos y novelas, entre los que se cuentan: la bellísima novela “Los peces no cierran los ojos” (2011), publicada por Seix Barral, “Aquí no, ahora no” (1989), “El peso de la mariposa” (2009).
De Luca es calificado como uno de los escritores europeos de mayor prestigio y con una prosa descarnada y poética. A sus dieciocho años fue militante del movimiento del 68. Fue albañil, camionero, obrero, y de todo ello heredó la vocación de despertarse temprano como si fuera a encontrarse con sus amigos de la empresa, pero amanece a escribir sus historias llenas de una inusitada humanidad, una profunda nostalgia de quien regresa y sabe que todo se ha perdido y pervive en la memoria. “El tiempo nos corroe”, dice.
“Escribir una novela como “Los peces no cierran los ojos”, era recorrer un paisaje de infancia en la distancia de medio siglo, un viaje tras las huellas de ese niño que iba creciendo en el verano. Pero ya no puedo volver a Nápoles, porque el pueblo que dejé desapareció. Mucho del carácter inestable de los napolitanos se debe a la inestabilidad geológica, allí donde sus habitantes están listos para perderlo todo. Y a lo largo de la historia se han aferrado a San Genaro, santo de las erupciones cuya estatua se erigía siempre frente al volcán y se detenía la lava. Cuando escribo no invento casi nada. Solo algunos detalles. Tampoco invento personajes. Lo que hago es contar una historia de esta ciudad que dejé siendo un muchacho para hacerme militante durante doce años, entre 1968 a 1980”.
“Me arrimo a través de la escritura a mi yo de hace cincuenta años, para un jubileo privado mío”, confiesa en su novela. “La edad de diez años no me ha atraído para escribir, hasta ahora. No tiene la multitud interior de la infancia ni el descubrimiento físico del cuerpo adolescente. A los diez años se está dentro de un envoltorio que contiene toda forma futura. Se mira hacia fuera como presuntos adultos, pero encajados en una talla mínima de zapatos. Prosigue la definición de niño, debida a la voz y a los juguetes en desuso aunque conservados aún”.
El escritor evoca al niño que era y es como si estuviera descubriendo a otro ser en una ciudad amenazada por la guerra:
“La infancia había sido una guerra, a mi alrededor morían más los niños que los viejos. Nada en su época era un juguete, por más que se la jugaran tenazmente. Yo me había librado, pero debía merecerme el tiempo” (pág. 11)
“A los diez años empecé a cantar en voz baja. El bombo de la ciudad era suficiente para cubrirme, pero debía ocultar el movimiento de los labios. Me ponía la mano, los dedos tocando los pómulos, la palma como telón. Todavía hoy sigue gustándome cantar así, mientras conduzco”. (pág. 13).
Así escribe Erri de Luca: “Sobre el empedrado de las calles de las ciudades de Bosnia, las granadas dejaban la cicatriz de una rosa reventada. Desde un alba de noviembre, su muerte tiene el silbido en forma de “u” de una granada por el aire que sigue alcanzando su blanco”.
El escritor practica desde hace años el alpinismo. “Tengo una gran confianza en el vacío, por eso me gusta escalar montañas, sin ningún instrumento de protección. Si me caigo me desbarato, pero me aferro a las rocas. Existen actos de fe física. Escalar una pared en solitario, sin protección alguna, es uno de ellos. Cuando salí de casa le escribí a mi madre para decirle que al salir de su vientre no la había dejado vacía porque me llevé ese vacío conmigo.Uno de los asistentes al conversatorio con el escritor en Hay Festival, le preguntó qué pensaba de Silvio Berlusconi y el escritor respondió: “Por asuntos de higiene oral no puedo pronunciar ese nombre. Ese nombre es una carie en la boca de Italia”.
