No puedo creer que hayan pasado veinticinco años de la muerte del artista Darío Morales (Cartagena 1944-París 1998). Recuerdo las dos últimas veces que vino a Cartagena y la fortuna que tuve al conversar con él en el Hotel Caribe. Fue curioso ese encuentro porque teníamos a nuestras espaldas al artista y escritor Héctor Rojas Herazo que en un instante nos abrazó a los dos.
Mi impresión era que estaba ante un tímido descomunal. Me habló de Cartagena que veía tan sucia en aquellos días y de la urgencia cívica de tener una escoba gigantesca para limpiarla y de emprender una cruzada por la ciudad. Me contó de su vocación temprana por el dibujo y la pintura, y de la fascinación que le deparaban sus esculturas. Irradiaba frescura y pasión, en cada una de sus palabras que salían de sus labios con serenidad pero con emoción. En sus ojos ávidos de luz, nada presagiaba la inminencia de la fatalidad y la muerte. Lucía reposado, elástico, vital, deportivo, vestido de blanco con sus cabellos despeinados por la brisa de aquella mañana, y al hablar se acariciaba sus barbas negrísimas. A veces se quedaba mirando el jeroglífico que yo hacía con sus propias palabras. En un silencio, me pidió que le permitiera mostrarle lo que escribiría de esa conversación, y le dije que confiara en mi memoria. No acostumbro mostrar lo que escribo antes de publicarlo. Fui sincero. Y se sorprendió cuando al día siguiente publiqué aquella conversación, con una foto de Germán Molano.
Darío a flor de labios
Yo he pintado desnudos desde niño. Recuerdo que pintaba las muchachas del servicio. Siempre desnudas. No, yo no las había visto así. Las dibujaba como yo imaginaba que eran. Cuando dibujo un brazo, una rodilla o el vientre comprendo el mundo. Me pregunté por qué me obsesiono tanto con el cuerpo de la mujer si el cuerpo humano no vale nada. En el hospital tomé profundamente conciencia del carácter efímero de la belleza humana. El dolor, la angustia, la tristeza son las únicas cosas que vale la pena ensalzar. Porque son los valores fuertes del hombre sobre la tierra.
Darío Morales se convirtió en un virtuoso de la figura humana y del desnudo femenino, en la historia del arte colombiano. Cartagena ha dejado pasar todo este tiempo y es muy probable que aún no se haya enterado a plenitud del gran artista que tenía. Salió de las entrañas de esta ciudad ingrata y de memoria de alcatraz. Fue uno de los mejores alumnos de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, el artista precoz de una generación que señaló un hito histórico en las artes de la región Caribe y el país, cuando la mística era superior a las ruinas físicas de la institución. Darío fue uno de los alumnos elegidos y destacados del Grupo de los 15 que impulsó el artista y profesor francés Pierre Daguet.
La soledad del retrato
Decía que sus pinturas eran íntimas. Y que no sería capaz de pintar algo si no sintiera una emoción o no estableciera una relación humana y profunda.
“Un cuadro es un ser vivo frente al cual tú reaccionas de manera diferente cada vez”. Él contemplaba sus propias obras y las seguía trabajando en silencio. A veces se detenía en un detalle y los modificaba en su interior.
“Soy de los que necesitan estar solos para pintar porque es la forma en que entran en juego los sentimientos y los recuerdos. Necesito ver a la modelo. Sentirla respirar aunque solo sea diez minutos, y luego sí, quedarme solo. Solo pero con su recuerdo”.
Sus maestros que lo iluminaban eran Vermeer, Rembrandt, Ruben y Degas.
“En mi obra no solo están las mujeres de Cartagena, sino también los olores de Manga, los colchones que colgaban en las puertas de los almacenes de la Calle Larga, que yo veía todos los días al salir del Colegio de La Esperanza para coger el bus, los ambientes nostálgicos, las sillas, las sábanas”, le confesó a su amigo Eligio García.
La historia personal de Darío Morales como hombre y artista es una lección de vida y honestidad para las nuevas generaciones.
Me conmovió su enorme y visceral batalla cuando supo que estaba muy cerca de la muerte. Darío trabajó hasta el final, aferrándose a sus dibujos, pinturas y esculturas. Sus últimas obras son una nostalgia de los objetos y los cuerpos. A través de sus pequeñas esculturas de naturalezas muertas, estaba registrando su último contacto con el mundo que se le escapaba. Se nos olvida a veces que somos solo una de las infinitas formas de la naturaleza y que al morir solo nos abrazamos a la tierra desnuda. Polvo somos, reinventados. Pero polvo enamorado como clamaba y reclamaba un poeta.



