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EL Bony, en el ring del sabor

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Un sinnúmero de divertidas historias es lo que tiene para contar el ex boxeador Bonifacio Ávila Berrío, mejor conocido como “El Bony”, el dueño del restaurante de comida típica frente al Hotel Caribe.
Nació en el departamento de Sucre, pero vivió parte de su niñez y adolescencia en Correa, un corregimiento de Marialabaja. Escuchaba por la radio los combates de las glorias del boxeo de aquella época y soñaba con ser como uno de ellos. Quería ser boxeador, eso lo tenía claro, pero no hallaba el modo de empezar a trabajar por su sueño.
Y es que su vida no fue fácil: abandonado por su padre cuando era sólo un niño, conoció la miseria y empezó a trabajar en lo que fuera para poder llevar el sustento a su madre y a sus hermanos.
Todos los días se acercaba al puerto y esperaba las embarcaciones que llegaban. Siempre encontraba algo que hacer. A veces bañaba el caballo de un señor que visitaba mucho ese lugar. Otras veces, cargaba bultos; pero siempre encontraba el modo de no regresar a su casa con las manos vacías.
En una ocasión,  a Correa llegó Donaldo, el hijo del gobernador de Bolívar, Donaldo Badel. Bony, quien estaba en el puerto, se acercó viendo cómo podía conseguir trabajo. Pero Donaldo tenía otros planes para él.
  “Me dijo que tenía cara de boxeador y me preguntó que si me quería ir con él para Cartagena.  No lo pensé. Enseguida le dije que sí. Yo imaginé, al principio, que me estaba ‘mamando gallo’, pero era en serio. Así que me vine con él”, expresa el ex boxeador.
    Cuenta que Donaldo era muy excéntrico y arriesgado. Antes de llegar a Cartagena,  hicieron una parada en un cabaret cerca a Gambote. Ahí organizó una pelea improvisada, aludiendo que su “pupilo” sería el próximo campeón del mundo.
     Luego del espectáculo, llegaron a Cartagena; y Donaldo, estando ebrio, le dijo a su esposa Gloria que Bony sería una estrella del boxeo y que se quedaría a vivir con ellos.
    Y así fue. Le organizaron una pieza que compartía con otra joven llamada Mercedes. Su trabajo era sencillo: consistía en hacer los mandados y apoyar en el aseo de la casa.
    Todo marchaba a la perfectamente, hasta que en una ocasión la mamá de Donaldo lo llamó para que limpiara las ventanas. Bony buscó la manguera, la conectó y lavó las persianas. Mientras trabajaba, lo llamaron para que hiciera un mandado.
     Decidió entonces cerrar la llave, pero la manguera se calentó con el sol y, a medida que iba transcurriendo el tiempo, se iba inflando; y Mercedes, su compañera de cuarto, la pisó por accidente dañándola y ocasionando un desastre que la mamá de Donaldo no pudo superar.
    Cuando Donaldo regresó, le contaron lo ocurrido, pero el cariño que sentía por su protegido era tan grande que le compró una nueva manguera con el compromiso de que la cuidara bien esta vez.
    “Donaldo me llevó a comprar otra manguera al antiguo Magali París. Me dio el dinero para que yo sintiera que la plata salió de mi bolsillo. Fue mucho, $105”, expresa haciéndose énfasis en el costo.
     Seis días después de haberla comprado, Bony estaba en el patio trabajando y lo mandaron hacer otro mandado. Cuenta que en cuestión de segundos, un ratero aprovechó y se llevó la manguera.
    Afirma que sintió más temor, incluso, que la vez que se enfrentó y perdió con el alemán Kottysch Dieter, en los Juegos Olímpicos de Verano en 1972.
“Ay, esa manguera si la usamos tres veces fue mucho. Cuando me di cuenta de lo ocurrido, cogí mis tres pantalocillos, mis abarcas y me fui para donde una tía que vivía en el barrio La Esperanza. Sentí mucho temor”, dice.

Casi incendia una finca
Al poco tiempo de estar viviendo con su tía, le informaron sobre la muerte de su papá. Así que se regresó para Sucre con un hermano y se quedó trabajando en una finca entre los municipios Planeta Rica y Montería, en el departamento de Córdoba.
    Pese a su nuevo empleo, el boxeo seguía siendo parte importante de su vida. En sus horas libres practicaba con el “mono Gil”, el padre de Enrique Gil.
     En la finca lo llamaban “el cartagenerito” y los dueños del sitio lo estimaban mucho. Hasta que en cierta ocasión se le ocurrió la idea de cazar iguanas. Un día vio una sobre un árbol y se trepó para cogerla, pero a medida que iba subiendo el animal también lo hacía.
     Fue entonces cuando se le vino a la mente una idea, según él, fabulosa, que terminó dejándolo nuevamente sin empleo y con el remordimiento de haber podido causar una catástrofe en aquel lugar.
    “Se me ocurrió prenderle fuego a una basura que estaba debajo del árbol para que con el humo la iguana se bajara. Pero todo me salió mal. Ocasioné  un incendio grandísimo. El dueño de la finca nunca supo que fui yo. Y no tuve cara para ofrecerle disculpas. Así que decidí irme para Montería a trabajar con un amigo en mecánica diesel”.
    No duró mucho tiempo trabajando con su amigo, pero sí aprendió lo suficiente como para regresar a Cartagena a laborar en algo parecido y seguir luchando por alcanzar su sueño de ser un boxeador profesional.
    Consiguió trabajo con un señor llamado Blas López, pero lo que le pagaba no le alcanzaba y tampoco tenía tiempo para practicar con Chico de Hierro. Éste último creía en el potencial de Bonifacio y decidió hablar con su jefe. Bonifacio nunca supo qué hablaron, sólo sabe que perdió el trabajo al día siguiente y le dieron una liquidación de $80.
    Volvió de lleno al boxeo y Chico de Hierro se dedicó a entrenarlo todo ese tiempo. Pese a que se acercaba a su meta de ser un gran boxeador, las condiciones económicas no estaban dadas para que mejorara su calidad de vida. 
Pasó muchas necesidades. No le da pena decir que conoció el hambre. Se iba para el Mercado Público y esperaba los guineos maduros que no vendían los comerciantes y de eso se alimentaba.
También aprovechó sus habilidades en la pesca y se iba todos los días a pescar anchoas en la bahía del puente del barrio Manga.

Una pelea inolvidable
Aun cuando recorrió varias plazas del mundo, el combate que más recuerda sucedió aquí en Cartagena, en la Plaza de Toros Cartagena de Indias. Su oponente era el puertorriqueño Nelson Lasalle, un boxeador que llegó a la ciudad buscando lo que Bonifacio llama un conejillo de indias.
    Fueron muchas las situaciones que antecedieron el día de la pelea. Una vez, estando en Bocagrande vendiendo mangos, un hombre corpulento, con un afro bastante pronunciado, se le acercó a comprarle.
A Bonifacio le causó curiosidad el aspecto de aquel hombre. Así que su cuñado decidió acercarse y preguntarle por su nombre. Vaya sorpresa cuando se percataron que era el mismo boxeador con quien pelearía dentro de unos días. Ya el contrato estaba firmado por 16 mil pesos y no podía echarse para atrás.
Llegó el combate. La Plaza de Toros se veía llena, como era costumbre en aquella época, y casi todas las personas que se congregaron apostaban a favor del extranjero.
Sonó la campana y salió al ring el corpulento boxeador, luciendo unas botas finas blancas y una bata roja, que se robó las miradas de los asistentes y del mismo Bony.
Por su parte, Bony optó por una sencilla pantaloneta, que tenía mucho tiempo de uso. No tenía bata como su contrincante, y los cordones de los zapatos viejos que llevaba puestos estaban enmendados.

Durante toda la pelea, el costeño estuvo más pendiente a dar un espectáculo profesional que a pelear con el corazón, como lo había aprendido. Adicionalmente, el atuendo que lucía el contrincante también era un distractor en ese momento.
En el tercer round, Chico de Hierro, su entrenador, le dijo: “ajá Bonifacio, vas a estar pendiente a dar golpes técnicos. Pégale donde sea y como sea. Deja la vaina. ¿Tú acaso eres marica para andar viéndole los zapatos al otro? Concéntrate”.
Bony confiesa que no podía dejar de verle las botas a su rival y sólo hasta que su entrenador le habló fuerte, pudo olvidarse de esos accesorios y lo golpeó con la mayor fluidez, al punto que ganó la pelea por nocaut.  
“Yo ni vi bien cómo, ni dónde. Lancé mi golpe y le di tan duro en la mandíbula que lo tiré y no pudo levantarse más a terminar de pelear”, expresa sonriendo.
La vida del boxeador estaba dando un giro notable. Viajó a Alemania, Estados Unidos e, incluso, vivió en Canadá cuatro años. Cuando volvió a Cartagena, sus amigos le organizaron una fiesta en su propio local en Bocagrande. Ahí conoció a Aurora Castaño, la que ahora es su esposa.
Cuando se vieron, no sintieron química. Él le pidió que lo ayudara en el negocio y ella lo hizo tan bien que al poco tiempo se fue enamorando de sus aptitudes.
“Cuando nos conocimos, no estabamos enamorados. Pero luego que ella puso a marchar el negocio como era, me fue gustando. Me enamoré de sus acciones”, dice. 
Con ella logró formar una familia estable. Son seis hijos en total los que tiene Bonifacio, los cuales, a su vez, le han dado 11 nietos, que son su adoración.
Se retiró del boxeo en 1979, después de 28 peleas. Ya le había prometido a su esposa que si perdía una pelea más, se alejaría de los cuadriláteros.
“Yo le había dicho que si perdía otra vez, me quedaba fritando pescando. Y así tal cual sucedió: perdí 4 peleas seguidas en Argentina y abandoné el boxeo para siempre”, puntualiza.
No pudo haber mejor lugar para esta entrevista que su restaurante. Es martes y parece fin de semana. Todas las mesas están ocupadas y los meseros no dan abasto con tantos pedidos. Bony suspende la entrevista en tres ocasiones para atender a los clientes, que son conocidos y se sienten complacidos de que el mismo dueño les sirva el pescado en su mesa.
Cuando regresa, noto que usa oro y plata en su cuello y sus manos. Pero lo que más me llama la atención es un anillo grande y llamativo que lleva marcada la frase: Campeón Mundial. Le digo que me muestre de cerca qué dice. Se siente apenado y responde: “para qué te lo voy a mostrar. Eso me lo regaló mi esposa, pero yo nunca fui campeón mundial”.
Pese a ello, Bony sí fue un campeón para toda la gente que lo quiere. En las dos horas que duró esta entrevista saludó con cariño a varios vendedores ambulantes y habitantes de calle que se acercaban a darle un estrechón de mano o un abrazo sincero.
Bony no desconoce su origen. No se ha olvidado de dónde viene; y es consciente del camino duro que tuvo que recorrer para conseguir la estabilidad de la que goza hoy.

Bonifacio Ávila fue campeón nacional en medio ligero.
Bonifacio Ávila fue campeón nacional en medio ligero.
El Bony aparece junto a su esposa Aurora Castaño; su nieta Juliana Ávila; su hijo Bonifacio Ávila Castaño y sus nietos: William Echeverría y Tony Ávila Castro.
El Bony aparece junto a su esposa Aurora Castaño; su nieta Juliana Ávila; su hijo Bonifacio Ávila Castaño y sus nietos: William Echeverría y Tony Ávila Castro.
El exboxeador en combate.
El exboxeador en combate.
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