El edificio blanco, en Crespo, no fue difícil de encontrar. La reja del mismo color la custodia un hombre bajito y moreno que espera mi llegada.
Me identifico y atravesamos el pequeño parqueadero hasta llegar a las escaleras que nos conducirán al apartamento 203. Toco la puerta y me saluda Patricia De La Espriella, esposa del Mono desde 1986. Cálida. Me invita a seguir con una sonrisa generosa. Atravieso el umbral de la puerta y el golpe de vista es fantástico. Podría decirse que un odio al minimalismo, por la cantidad de cuadros, revistas, flores, libros y hasta un piano color café que dan la ilusión de haber ingresado a otra dimensión más flexible, y sobre todo más fría pues todo el lugar tiene acondicionadores de aire.
Se apresura a llamar a su esposo quien abre de inmediato la puerta de su bunker, una de las habitaciones posteriores, cuyas ventanas tienen tragaluces y cortinas rojas, que él utiliza como su estudio y que también está plagado de todo tipo de objetos varios y organizados.
Antonio José Escobar Duque, el Mono, tiene una camisa celeste con dibujos de flores blancas y hojas negras. Una bermuda de jean, reloj grande en su mano izquierda y zapatos crocs negros. Me llama desde adentro del cuarto con una voz estentórea de marinero. Para conversar mejor decide descolgar uno de los extremos de la hamaca san jacintera, regalo de cumpleaños de Patricia, que tenía desplegada en la habitación.
Sobre el escritorio el puesto principal lo ocupa su computador portátil, pero también despunta su colección de relojes, un teléfono, diccionarios Larousse, un pequeño radio, lociones refrescantes, tres audífonos de computador, y hasta las velas del pudín de su reciente cumpleaños número 70.
El fundador y presidente del inolvidable Festival de Música del Caribe, que se realizó durante tres lustros en Cartagena, desde 1982 hasta 1997, es poseedor de una jovialidad infrecuente que se cuela por todos los rincones del apartamento, tanto como su voz grave.
El Festival
La idea de hacer un festival que hermanara las múltiples manifestaciones artísticas del Caribe, con sus diferencias y similitudes, con sus improbables sonidos de cuero y la cadencia del baile erótico e isleño entre luces de neón, nació en “una noche cumbiambera de farra” entre el Mono y su amigo Paco de Onís, hijo de un corresponsal del New York Times.
“Fue una de las grandes aventuras que nosotros plasmamos en un mapa y lo trazamos como cuando se está haciendo un plan de vuelo, una singladura. Comenzamos, Paco de Onís y yo, porque ambos viajamos mucho y nos gustaba la música. Viví 5 años muy felices en Europa, y todos estuve vinculado con una compañía teatral lo que me brindó la posibilidad de conocer varios festivales”, recuerda.
A los 21 años, el Mono comenzó su periplo por varios países europeos. A los 25 volvió con un mapamundi muy lúcido en su cabeza de lo que debía hacerse para concebir una producción artística de grandes dimensiones.
“Esa noche cumbiambera (de regreso en Cartagena) empezamos a hablar de hacer un festival de música, pero que fuera de música del Caribe. Así lo concretamos. Llamamos a Alejandro Obregón que vivía al lado, en el centro Calle de La Factoría. Nosotros le pegábamos el grito y se presentaba al ratico destilando el azul cobalto que tanto le gustaba. Le planteamos el proyecto y fue en una décima de segundo que Alejandro dijo: ‘yo hago el afiche”.
Aquella velada de un 17 de noviembre de 1981, se extendió hasta entrada la madrugada. Entre vasos de ron, música y la bohemia que desbordaban los tres y que no se rinde a las convenciones sociales, se tomaron, además de varias botellas, también algunas decisiones que hicieron posible el nacimiento de uno de los acontecimientos consuetudinarios más recordados por todos los cartageneros.
De acuerdo con el Mono, Obregón “concibió la esencia misma de un afiche que tiene que ser ecuménico y lanzar a los cuatro vientos un mensaje”. El pintor colombo español pidió que le llevasen un coco puyao.
“Inclusive muchos cocoteros que había siempre en el Muelle de Los Pegasos ( hoy de La Bodeguita) no sabían lo que era un coco puyao: Es cuando se pone el coco para reproducirlo y se tiene en el patio. Allí en el momento preciso le nace la palmerita chiquita, ese embrión que sale al aire. Ese coco puyao sólo puya de noche”. La metáfora de la oscuridad necesaria para hacer germinar una fiesta popular les encantó.
La planeación aunó los esfuerzos de los tres para la tan esperada fecha del 19 de marzo de 1982, cuando se haría por fin el lanzamiento del primer Festival de Música del Caribe Colombiano en la Plaza de la Serrezuela.
¡Sí, sí, Caribe!
El famoso himno del festival, que se adoptó después para identificar todo lo que significara el triunfo y la convocatoria del entusiasmo, se realizó durante una visita que el Mono hizo, junto con su esposa, a Bogotá, en donde el presidente Belisario Betancur rendía un homenaje a Rafael Escalona.
“Al día siguiente invitamos a almorzar a Pacho Zumaqué, y él nos invitó a ir a los estudios para que viéramos unos arreglos que le estaba haciendo a la música de Lucho Bermúdez. Entonces yo le mostré unos tonos, y él dijo que ahí estaba el himno del festival. La letra la pusimos todos pero el tiempo que tiene y el manejo de la estructura musical es de Francisco Zumaqué”.
El tema se titularía Colombia Caribe, según el Mono porque el compositor reconoció el espectro tan enorme que cubrió su mensaje. “Lo otro es que simboliza el más grande acicate y entusiasmo por buscar el ánimo y un clima de éxito”.
De tal manera que en cada una de las etapas y escalas del festival, la pasión fue definitiva.
“Teníamos nosotros, con el pellejo, que sufragar todos los gastos del festival. Abrimos los caminos como abrió la pax romana…; aquí nosotros civilizamos el espectáculo, hicimos nuevos escenarios porque estaban supeditados a las casas de licores. Yo inventé las tarimas con gatos y cerchas de construcción, y ahí nació la evolución del espectáculo que tuvo Cartagena”, asegura este Papá Noel caribeño.
Quienes vivieron las noches de euforia aún recuerdan las presentaciones memorables de Freddy McGregor, Arrow, La Familia André, Roberto Angleró, y Henry Fiol, entre otros.
De ahí que el Mono considere que el Festival “está vivo en todos los corazones. La gente de Cartagena reclama esa herencia que dejamos como legado cultural”. Y precisamente ese intercambio cultural, esa suerte de exposición a sabidurías e ilustraciones caribeñas fueron las que detonaron el surgimiento de grupos cartageneros como Anne Swing, Casiva o Elio Boom.
Acomodándose sus gafas negras, Antonio Escobar Duque rememora más los episodios felices que los amargos que también fueron desangrando el festival.
“Tuvo que suspenderse porque no había más pellejo que arrancar…; se demostró que los organismos estaban presionando al empresario no sin antes haberlo extorsionado. Aquí hubo un secretario de Hacienda que había que pagarle con ganado. Uno estaba sometido a ese medio de infamias…; entonces por mucho que queríamos era imposible. Los buitres, carnívoros, insaciables, desde febrero afilaban las garras y los picos; y el festival era algo que se hacía sin plata con puro sobre giro”.
El Caribe fundido e incontrolable a ritmo de soukous, reggae, calipso, retumba todavía en los más nostálgicos que traen en el tiempo los shows que se hacían en el Circo Teatro, La Tenaza, el Fuerte del Pastelillo, el rumbódromo de la Avenida Santander, o el picotódromo del Parque de la Marina.
En definitiva, el Mono siente que ha cumplido no sólo con Cartagena sino con la música, enriqueciéndola y conectándola en ese gran espejo del Caribe.

